Carlos Magdalena, el mesías de las plantas

En este libro de viajes y aventuras, el conservador estrella de los Jardines Botánicos de Kew, en Londres –uno de los más importantes del mundo–, el español Carlos Magdalena, relata sus experiencias en algunos de los rincones más remotos de la tierra a los que ha viajado con la misión de rescatar, clasificar y preservar las especies más exóticas del planeta. El mesías de las plantas es la historia de un hombre extraordinario que dedica su vida a rescatar las especies más extraordinarias del mundo vegetal.

El mesías de las plantas habla con el cazador de cerebros, Pere Estupinyà, en el Real Jardín Botánico de Madrid.

En 1980, un niño descubrió el último ejemplar de una variedad de arbusto llamada Ramosmania rodriguesii, también conocida como café marrón. Antiguamente florecía en abundancia en el archipiélago de Mauricio, pero hoy se encuentra en peligro de extinción y corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sólo un puñado de hombres y mujeres se atreverían a arrancarle un esqueje, plantarlo en un entorno más seguro y recolectar las semillas que pudiera producir. El asturiano Carlos Magdalena es una de esas personas. De ahí que lo llamen «el mesías de las plantas».

En 2010, Pablo Tuñón, periodista de La Nueva España, lo bautizó de ese modo en un artículo. El sobrenombre se popularizó con rapidez y los medios de comunicación empezaron a hacerse eco no tanto del alias como del trabajo que su dueño realizaba: salvar plantas al borde de la extinción.

«Si no pueden producir semillas para asegurar su supervivencia, porque sus poblaciones están muy fragmentadas o esquilmadas o las supervivientes apenas tienen un hilo de vida, necesitan que alguien alce la voz por ellas. Necesitan que alguien diga: “No voy a tolerar la extinción”. Alguien que comprenda la ciencia de las plantas y que defienda apasionadamente su causa, utilizando todos los medios posibles para garantizar su supervivencia».

Carlos Magdalena está dedicando su vida a recorrer el mundo a la búsqueda de los últimos ejemplares de todas las plantas cuya población haya sido diezmada por la acción del hombre. Cuando los encuentra, trata de conseguir alguna semilla, que planta de inmediato en el jardín botánico donde trabaja, creando las condiciones necesarias para que los retoños prosperen.

«Carlos Magdalena, el resucitador de las plantas olvidadas» (artículo en El País Semanal)

Su trabajo es de una importancia capital para el futuro del planeta e incluso para la evolución de la ciencia médica. Cada uno de los ejemplares que él protege tiene un potencial transformador enorme y contiene en su código genético parte de la historia de la Tierra. Cada vez que impide que una de esas plantas se extinga, nos proporciona un rayo de esperanza respecto a nuestro propio futuro.

El mesías de las plantas cuenta las andanzas de Magdalena en sus viajes a la búsqueda de especies en peligro de extinción, pero también nos invita a reflexionar sobre el colonialismo botánico que llevamos más de un siglo imponiendo en el planeta. Porque, ¿acaso alguien cree que los incendios que arrasan el norte de España no guardan relación con la erradicación de la flora autóctona en aras de una vegetación más productiva? Del mismo modo, cada vez que echamos cemento sobre la tierra, estamos aplastando el hábitat de algunas plantas que tal vez no vuelvan a crecer, y cuando introducimos una nueva especie animal en una isla (por ejemplo, cabras) corremos el riesgo de que se coma toda la flora, incluso la que no florece en otras regiones.

«Las plantas son la clave del futuro del planeta –para nosotros y para nuestros hijos-; sin embargo, cada día, miles de millones de personas las dan por supuestas y con frecuencia desprecian sus beneficios. Su ignorancia e indiferencia me frustran y a veces me indignan».

Magdalena nos invita a reflexionar sobre estos y otros asuntos –las patentes farmacéuticas, la biopiratería, la burocracia botánica, etc.– en un libro de viajes y aventuras que nos ayudará a comprender que cada planta es un organismo vivo que necesita de nuestra colaboración para sobrevivir y que, en agradecimiento, nos compensa asegurando el correcto funcionamiento del ecosistema.

«Lo más importante con las plantas es la obsesión y la pasión; si no la tienes, no vas a ningún sitio. Si te ciñes a las técnicas tradicionales, nunca sobrepasarás los límites ni harás descubrimientos. Tienes que obsesionarte para avanzar».

Carlos Magdalena presentó El mesias de las plantas en Efecto Doppler de Radio 3
Carlos Magdalena presentó El mesías de las plantas en Efecto Doppler de Radio 3

Carlos Magdalena nació en Gijón en 1972. Sus padres –en especial, su madre– le inculcaron el amor a las plantas, haciéndole ver los problemas que la deforestación y la sustitución de especies autóctonas habían provocado en Asturias.

«Una de las consecuencias es que hoy en día, sin muchos cambios en lo que a política forestal se refiere y con más pinos y eucaliptos que nunca, España se incendia todos los veranos (y últimamente también todos los otoños)».

La pasión de sus padres por el ecosistema y la fascinación que Carlos sintió por el programa de Félix Rodríguez de la Fuente hicieron de él un amante de la naturaleza desde una edad muy temprana, como demostró al identificar su primera una Drosera rutundifolia (rocío de sol común) y al plantar su primer injerto (kiwi) con tan solo diez años.

Con todo, la vida le llevó a montar un bar con unos amigos y a trabajar posteriormente en Agenda 21, un plan internacional para mejorar la calidad medioambiental de las ciudades. Hasta que un día, a la edad de 28 años, decidió hacer el petate y mudarse a Londres, donde quedó fascinado con la belleza del Real Jardín Botánico de Kew. La vegetación de aquel lugar le hizo desear trabajar allí y, tras mostrar su vehemencia ante el jefe de personal, consiguió una plaza como becario.

«Kew aloja las colecciones botánicas y micológicas (de hongos) más grandes y diversas del mundo. Esto incluye unos siete millones de especímenes de plantas secas en el herbario; una colección de más de 19.000 especies de plantas vivas en los jardines de Wakehurst Place; 1,25 millones de especímenes fúngicos secos en el fungario; más de 150.000 transparencias de cristal que muestran en detalle la micromorfología de las plantas; 95.000 especímenes y objetos de etnobotánica y de botánica económica, que ponen de manifiesto el alcance del uso humano de las plantas; el banco de ADN y tejidos de plantas silvestres más grande del mundo (con 50.000 muestras de ADN, que representan más de 35.000 especies), y más de 2.000 millones de semillas (de unas 35.000 especies) en el Millennium Seed Bank».

Poco a poco, Carlos Magdalena fue ascendiendo en el organigrama del jardín botánico, hasta conseguir que le asignaran la labor de viajar por el mundo a la búsqueda de los últimos ejemplares de especies en peligro de extinción.

Estas son algunas de las especies en peligro de extinción que han marcado la carrera de Carlos Magdalena:

Ramosmania rodriguesii-IMG 7087Ramosmania rodriguessi (café marrón): Esta planta ha vertebrado la carrera profesional de Carlos Magdalena. Viajó a la isla Rodrigues (Mauricio) para conseguir un esqueje que asegurara su supervivencia. Para conseguir que las semillas prosperaran, tuvo que aplicar técnicas experimentales que, en caso de no funcionar, podrían haberle hecho perder el puesto de trabajo.

«El autor explicaba que durante cuarenta años se había supuesto que la planta, que solo se da en la isla Rodrigues, estaba extinta, hasta que un niño la había encontrado por casualidad. Kew había logrado que prosperaran varios esquejes de ella, que estaban dando abundantes flores, pero estas no producían semillas nunca, por lo que técnicamente seguiría extinta en un futuro no muy lejano. Las semillas eran lo único que podía garantizar su supervivencia a largo plazo en la naturaleza».

Hyophorbe lagenicaulis FHyophorbe amaricaulis («el organismo más solitario del mundo»): Esta especie tiene la historia más triste de la Historia de la Botánica. Sólo queda un espécimen en todo el mundo y se encuentra en el Jardín Botánico de Curepipe (Mauricio). Nadie sabe si alguien lo plantó allí o si es una reliquia de la vegetación original. Hacia el siglo XVIII estuvo muy extendida por la isla, pero hoy sólo queda ese ejemplar al que los expertos denominan «el organismo más solitario del mundo».

«Se la conoce como ‘el organismo más solitario del mundo’, aunque nunca ha sido tan famosa como el Solitario George, la última tortuga que queda en isla Pinta, en las Galápagos, que estuvo sola durante cuarenta años antes de morir».

Carlos Magdalena - Nymphaea thermarum

Nymphaea thermarum (nenúfar africano): Carlos Magdalena siempre ha sentido predilección hacia los nenúfares. En su Asturias natal, disfrutaba observándolos y experimentando con ellos. Ya en su carrera profesional, consiguió cultivar una especie africana (Nymphaea thermarum) que, pese a dar semillas, nunca prosperaba. Magdalena descubrió que el problema estaba en la incapacidad de la planta para absorber CO2.

«La suerte de la Nymphaea thermarum me preocupó durante varias semanas. No me la podía quitar de la cabeza, y me devanaba los sesos pensando en cómo podría descifrar el código que me conduciría a una receta para cultivar esta planta. Me negaba a aceptar que esta especie no tardaría en extinguirse y que no llegaría un momento en el que habría más material con el que trabajar. Tenía que hacer algo».

De matasanos a cirujanos. Joseph Lister y la revolución que transformó el truculento mundo de la medicina victoriana

Sobrecogedor e iluminador, De matasanos a cirujanos es el retrato de una época fundamental en la historia de la medicina, el periodo previo a la anestesia y la asepsia quirúrgica. Lindsey Fitzharris celebra en este libro –por el que ganó el Premio PEN/E. O. Wilson de literatura científica 2018– el triunfo de Joseph Lister, uno de los primeros visionarios de la época victoriana, cuyo propósito fue unir ciencia y medicina, catapultándonos así al mundo moderno.

Lindsey Fitzharris - De matasanos a cirujanos

De matasanos a cirujanos cuenta la fascinante y morbosa historia de la cirugía en el siglo XIX a través de Lister, el hombre que revolucionó la medicina, y gracias al cual la ciencia moderna es la que es. Desde una pierna rota que podía acabar en amputación, pasando por la peligrosidad de los partos, o tan solo una simple herida, las intervenciones quirúrgicas en el siglo XIX eran generalmente sinónimo de muerte.

«Con ojos para los detalles históricos y talento para la prosa, Lindsey Fitzharris nos cuenta uno de los momentos más estelares de la historia de la medicina: el desarrollo de la asepsia quirúrgica. De Matasanos a cirujanos es un libro espectacular, horriblemente delicioso y adictivo».
Ed Yong, autor de Yo contengo multitudes

Desde los lúgubres anfiteatros anatómicos del Renacimiento donde, gracias a una bula papal, se permitía diseccionar los cuerpos de algunos criminales, hasta la sala de operaciones del hospital University College de Londres en 1840 donde empieza esta historia, la cirugía era una práctica repulsiva y plagada de peligros. Debía evitarse a toda costa. La cirugía, como cuenta Lindsey Fitzharris, era siempre el último recurso, y solo se llevaba a cabo en casos de vida o muerte. El cirujano operaba con un delantal manchado de sangre, rara vez se lavaba las manos o los instrumentos, y llevaba a la sala el inconfundible olor a carne podrida al que los de su profesión se referían como «la vieja peste de hospital». De ahí que comenzara a conocérseles con el término de «matasanos».

Dentro de todo este desconocimiento general, también los cirujanos creían que el pus era una parte natural del proceso de curación en lugar de una señal de sepsis. De hecho, la mayoría de las muertes estaban causadas por infecciones postoperatorias. Sin embargo, no solo existía el problema de las desconocidas infecciones, sino que además era una época preanestésica. Los riesgos de shock y el dolor limitaban los tratamientos quirúrgicos antes de aparecer los anestésicos. Un texto quirúrgico del siglo XVIII dice: «Los métodos dolorosos son siempre los últimos remedios en manos de un hombre que sea verdaderamente capaz en su profesión; y son el primer recurso, o más bien el único, de aquel cuyo conocimiento se reduce al arte de operar». Sera un tiempo después cuando en 1847 Robert Liston, uno de estos pioneros de la historia de la medicina, hiciera popular el milagro del éter. Como explica la autora:

«Con el triunfo de Robert Liston con el éter, Joseph Lister acababa de presenciar la eliminación del primero de los dos principales obstáculos para una buena cirugía: podía efectuarse sin dolor. Inspirado por lo que había visto la tarde del 21 de diciembre, el muy perspicaz Joseph Lister pronto dedicaría el resto de su vida a dilucidar las causas y la naturaleza de las infecciones postoperatorias y a encontrarles una solución. A la sombra de uno de los últimos grandes carniceros de la profesión, comenzaría otra revolución en la cirugía».

La adopción del sistema antiséptico de Lister era el más visible signo externo de la aceptación de la teoría de los gérmenes por parte de la comunidad médica, y marcó el momento histórico en que la medicina y la ciencia se fusionaron. Junto a Louis Pasteur, revolucionaron algunos de los conceptos que hasta entonces manejaba la medicina. De hecho como explica la autora, Joseph Lister viajó a París en diciembre de 1892, para asistir a la gran celebración del setenta aniversario de Louis Pasteur. Cientos de delegados de todo el mundo se reunieron en la Sorbona para rendir homenaje al científico y expresar su admiración en nombre de sus respectivos países por el trabajo pionero que había realizado a lo largo de su carrera.

«En adelante, el predominio del conocimiento sobre la ignorancia y de la diligencia sobre la negligencia determinarían el futuro de la profesión. Los cirujanos se volvieron proactivos en lugar de reactivos frente a las infecciones postoperatorias. Ya no eran elogiados por su mano rápida con el cuchillo, sino reverenciados por ser cuidadosos, metódicos y precisos. Los métodos de Lister transformaron la cirugía de arte de carnicería en ciencia moderna, en la que las innovadoras metodologías recientemente ensayadas y contrastadas superaron a las prácticas trilladas. Abrieron nuevas fronteras a la medicina, permitiéndonos profundizar más en el cuerpo vivo, y en ese proceso salvaron cientos de miles de vidas».

En vísperas de una profunda transformación de la medicina, estos pioneros, conscientes de que las secuelas de la cirugía eran más peligrosas que las dolencias mismas, estaban desconcertados por las recurrentes infecciones que se producían tras las intervenciones y que mantenían las tasas de mortalidad obstinadamente altas. Pero, en un momento en que la cirugía no podría haber sido más peligrosa, una figura emergió inesperadamente de las sombras: un joven médico llamado Joseph Lister, que resolvería el mortal enigma de la causa de las infecciones y cambiaría el curso de la historia de la medicina.

Lindsey Fitzharris - De matasanos a cirujanos

En definitiva, tras la pista de un héroe perdido de la ciencia, Joseph Lister, este libro nos desvela el truculento mundo de la cirugía victoriana conjurando el ambiente de las primeras salas de operaciones y sus admirados «matasanos»: hombres sin miramientos, elogiados por su habilidad y fuerza bruta al operar, antes de la invención de la anestesia. A lo largo de estas páginas, Lindsey Fitzharris nos retrata el siniestro período comprendido entre 1850 y 1875, presentándonos a un elenco de personajes «algunos de ellos brillantes, otros directamente criminales», que frecuentaron las sucias escuelas de medicina y lúgubres hospitales donde aprendieron su oficio, las macabras morgues donde estudiaron anatomía, y los cementerios ocasionalmente saqueados en búsqueda de cadáveres que diseccionar.

Resistencia: Scott Kelly y su año en el espacio

«He aprendido que subir a un cohete que puede matarme es a la vez un enfrentamiento con la muerte y una aventura que me hace sentir más vivo que ninguna otra cosa que haya experimentado. He aprendido que la hierba huele de maravilla, que sentir el viento es asombroso y que la lluvia es un milagro.

He aprendido que seguir las noticias desde el espacio puede hacer que la Tierra parezca un remolino de caos y conflicto, y que ver la degradación ambiental causada por los humanos es desolador. He aprendido también que nuestro planeta es la cosa más hermosa que he visto nunca y que somos afortunados de tenerla.»

Con estas emocionantes palabras, con las que cierra su libro Resistencia, resume Scott Kelly la extraordinaria experiencia de permanecer en la Estación Espacial Internacional (EEI) 340 días, casi un año entero: 231.498,541 kilómetros recorridos. 10.880 amaneceres y anocheceres. 5.440 órbitas alrededor de la Tierra.

El 27 de marzo de 2015, Kelly llegó a la EEI con la misión de pasar prácticamente un año en el espacio, el mayor tiempo de permanencia fuera de la Tierra por parte de un ser humano hasta el momento. Los 340 días que iba a vivir sometido a la ingravidez, a la radiación y a los niveles elevados de CO2 habrían de servir para que las agencias espaciales determinaran si el cuerpo humano podría soportar un viaje a Marte. A tenor de la apasionante experiencia de este estadounidense, la respuesta es afirmativa. Estamos preparados para llegar al Planeta Rojo, aun cuando sea con dificultades.

Relato de una vida

Es a partir de esta sugerente premisa que surge Resistencia. Un año en el espacio, la narración en primera persona de la epopeya que supone permanecer todo un año en un entorno absolutamente hostil al ser humano, tiempo durante el que este hombre ha visto y vivido cosas que prácticamente ninguno de nosotros veremos o experimentaremos nunca. Pero Resistencia no es únicamente el relato de los 340 días que Scott Kelly pasó encerrado en los contenedores diminutos que forman la Estación Espacial Internacional, sino también la historia previa: el relato de un adolescente que siendo un desastre como estudiante decidió convertirse en piloto de un F-17 y, después, en comandante de uno de los aviones más complejos de la época: el transbordador espacial.

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Así fue como Scott Kelly se convirtió en astronauta y así fue como, después de tres misiones al espacio, recibió el encargo de pasar todo un año orbitando la Tierra. Conseguir que le asignaran ese trabajo no fue sencillo, principalmente por sus problemas de salud. Las ocasiones anteriores en que había abandonado la atmósfera -y, por tanto, en las que se había visto sometido a un exceso de radiación- le habían provocado problemas en la visión y, más importante, le habían generado un cáncer de próstata que no obstante logró superar gracias a la cirugía. Un historial médico que hacía inviable su elección para la misión. Sin embargo, Kelly tenía un as en la manga. Sugirió a sus superiores que él era el candidato ideal porque tenía un hermano gemelo (Mark, también astronauta) con quien podrían cotejar los cambios experimentados en su cuerpo tras pasar un año en el exterior.

Scott Kelly (izqda.) junto a su hermano Mark, también astronauta.
Scott Kelly (izqda.) junto a su hermano Mark, también astronauta.

El argumento era incuestionable. El hecho de que Kelly tuviera un «doble» en la Tierra permitiría a los científicos comparar la evolución física (incluso genética) del astronauta tras vivir todo un año en la Estación Espacial Internacional. Y eso era algo que ningún otro candidato podía ofrecer.

Cuando tenían cinco años, los gemelos Scott y Mark Kelly estaban frente al televisor en el momento en el que el primer hombre pisó la Luna: Neil Armstrong. Desde entonces, los dos supieron que querían volar al espacio. Pero, en el caso de Scott, hubo un segundo acontecimiento que habría de reafirmar aquel sueño infantil. Ocurrió cuando ya era un universitario. Un día cayó en sus manos un ejemplar de Elegidos para la gloria. Lo que hay que tener, de Tom Wolfe, y su lectura le impresionó tanto que decidió convertirse en piloto de la Marina.

Aquellos dos chavales provenían de una familia dominada por un padre alcohólico, maltratador y resentido que no les incentivó a conseguir sus objetivos, pero al mismo tiempo contaban con una madre que les enseñó a perseguir sus sueños. Y no fue poca la ambición de Scott Kelly, porque, siendo un pésimo estudiante y un pequeño diablo, se esforzó por entrar en la Marina y, más complicado todavía, por convertirse en piloto de un F-14.

Pero Scott Kelly no tenía suficiente con pilotar el mejor aparato del mundo. Quería más. Y sólo existía un avión por encima del F-14: el transbordador espacial. En 1995 rellenó la solicitud para convertirse en astronauta. En su mente vibraba la posibilidad de pertenecer a la primera generación que pisaría Marte y, aunque ese sueño quedó congelado con los presupuestos para exploración espacial, la construcción de la EEI dio nuevas alas a su imaginación.

Scott Kelly participó en tres misiones espaciales antes de instalarse en la EEI durante 340 días: viajó al espacio para realizar una reparación de emergencia del telescopio Hubble, llevó material de repuesto a la Estación Espacial Internacional y permaneció 159 día en esa misma estación. De esta última misión regresó con problemas oculares y con un cáncer de próstata (los astronautas tienen 30 veces más de posibilidades de generar un cáncer que el resto de los mortales) que logró superar sin grandes consecuencias físicas.

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Antes de iniciar su cuarta misión, Scott Kelly tuvo ocasión de charlar con Alan Gross (el trabajador social encarcelado en Cuba bajo la acusación de trabajar para la CIA), quien le dio un consejo para permanecer todo un año encerrado en la EEI: «Me sugirió que mientras estuviese en el espacio debía contar hacia arriba -los días que llevaba allí- en lugar de hacia abajo el número de días que me quedaban para volver. “Se te hará más fácil así”, me dijo. Y eso fue exactamente lo que hice».

Un año en el espacio

Tras despedirse de su pareja y de sus dos hijas adolescentes, Kelly viajó a Rusia, en concreto a la conocida como «ciudad de las estrellas», para embarcar en la Soyuz junto al comandante Gennady Padalka y a su compañero de misión Mijaíl Kornienko. El 27 de marzo de 2015 se acoplaron a la Estación Espacial Internacional, donde les esperaban los tres astronautas que ya estaban allí y que formarían parte de los trece compañeros con quienes Kelly convivió durante los 340 días que duró la misión.

«A diferencia de los primeros tiempos de los vuelos espaciales, cuando lo que contaba era la habilidad del pilotaje, a los astronautas del siglo XXI se nos elige por nuestra capacidad para llevar a cabo numerosas tareas de distinto tipo y llevarnos bien con los demás, sobre todo en circunstancias estresantes y en espacios reducidos durante largos periodos de tiempo».

Este fue uno de los experimentos científicos más delicados que Kelly llevó a cabo durante su año en el espacio…
Este fue uno de los experimentos científicos más delicados que Kelly llevó a cabo durante su año en el espacio…

Como Kelly ya había estado en la EEI anteriormente, una de las primeras impresiones que recibió cuando entró de nuevo en aquel receptáculo fue, curiosamente, una reminiscencia: la del olor.

«A medida que se disipa el olor a espacio, empiezo a detectar el olor característico de la EEI, tan familiar como el del hogar de mi infancia. Este olor se debe en su mayor parte a los gases que emite el equipamiento y todo lo demás, y es lo que en la Tierra llamamos olor a coche nuevo. Aquí es tan intenso porque las partículas de plástico están en ingravidez, como sucede también con el aire, y se inspiran con cada respiración. Hay también un ligero olor a basura y un tufillo de olor corporal. Aunque sellamos la basura lo mejor que podemos, solo nos deshacemos de ella cada varios meses, cuando llega una nave de reabastecimiento que, una vez vaciado el cargamento, se transforma en camión de la basura».

Scott Kelly es un astronauta práctico y concienzudo. No es un hombre que se entretenga reflexionando sobre la condición humana o sobre la existencia de Dios, sino un piloto que, tan pronto como se instala en la EEI, dedica su tiempo al mantenimiento del equipamiento y a los más de cuatrocientos experimentos (todos relacionados con la gravedad) que le han encomendado.

«Al principio de mi carrera como astronauta no tenía claro si quería volar en la Estación Espacial Internacional: la mayor parte de lo que hacen los astronautas en la estación es ciencia. A fin de cuentas, soy piloto. El objetivo que me había llevado a convertirme en astronauta era pilotar aeronaves cada vez más exigentes, hasta que llegué al aparato más difícil de pilotar de todos: el transbordador espacial. Diseccionar un ratón dista mucho de aterrizar con el transbordador especial».

Con todo, a medida que pasaban los días, las semanas y los meses, su condición humana se fue imponiendo, y a lo largo de sus memorias el astronauta desliza algunos comentarios cargados de poesía. Especialmente significativas son sus alusiones a la nostalgia, que se dan en tres ocasiones. La primera aparece cuando se da cuenta de que echa de menos la naturaleza:

«Cuesta explicar a quienes no han vivido aquí hasta qué punto se echa de menos la naturaleza. En el futuro existirá una palabra para nombrar la clase particular de nostalgia que sentimos por los seres vivos».

La segunda, cuando observa la Tierra desde una de las ventanillas del contenedor espacial en el que ya lleva meses viviendo:

«Aunque aquí arriba todo es estéril e inerte, sí tenemos ventanas que nos ofrecen unas vistas fantásticas a la Tierra. Es difícil describir la experiencia de mirar al planeta desde arriba. Siento como si conociese la Tierra de una manera más íntima que la mayoría de la gente: el litoral, la orografía, las montañas y los ríos».

Y la tercera cuando, quedando ya pocos días para su regreso a la Tierra, siente nostalgia por el lugar que está a punto de abandonar.

«Pienso también en lo que echaré de menos de este lugar cuando esté de vuelta a la Tierra. Es una sensación extraña, esta nostalgia anticipada, nostalgia de cosa que aún me están pasando cada día y que, con frecuencia, como justo ahora, me molestan».

Por suerte, Scott Kelly no es un hombre que se deje llevar por los sentimientos, algo que podría traerle serios problemas en un lugar tan apartado del mundo como es la Estación Espacial Internacional. Sabe que debe mantenerse frío para no enloquecer, así que se concentra en su trabajo y obedece las instrucciones que, cada cinco minutos, le envían desde el centro de mando. De hecho, cuando siente que la moral le flaquea, echa mano al único libro que ha traído (Endurance. El legendario viaje de Shackleton al Polo Sur, de Alfred Lansing) y se da cuenta de que su aventura es incluso menos peligrosa que la emprendida por los grandes exploradores del siglo XIX. O se concentra en el trabajo para evitar que los pensamientos negativos inunden su mente. Así, se pasa los días haciendo ejercicio, controlando los niveles de CO2, arreglando el sistema de evacuación de residuos (el retrete), recibiendo a las naves de reabastecimiento de suministros y haciendo experimentos científicos con ratones, plantas o incluso consigo mismo.

«Aunque tengo los ojos cerrados, cada cierto tiempo iluminan mi campo de visión unos destellos cósmicos debidos al impacto de la radiación con mis retinas que crea la sensación de luz».

Pero, si algo resulta especialmente emotivo para el lector de sus memorias, sin duda son los paseos espaciales. Scott Kelly tuvo que salir al exterior en dos ocasiones y, cuando se encontró flotando con la Tierra a sus pies, no pudo evitar que el poeta que todo astronauta lleva en su interior hiciera acto de presencia.

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«La inmensa cúpula azul de la Tierra se cierne sobre mi cabeza como un planeta extraterrestre cercano en una película de ciencia-ficción, y da la impresión de que podría caer sobre nosotros. Por un momento, me siento desorientado. Me pregunta dónde tengo que buscar el punto de sujeción, una pequeña anilla a la que enganchar la correa de seguridad, pero no sé en qué dirección hacerlo».

En definitiva, el gran triunfo de Resistencia es que no solo nos explica los grandes retos a los que se enfrenta la exploración espacial –algo que, por otro lado, esta obra hace de forma apasionante, lo que ya constituye un gran mérito de por sí–, sino que además destila una emocionante humanidad. En sus memorias, Scott Kelly nos revela cuáles fueron los retos más extremos que tuvo que afrontar en su misión: los devastadores efectos corporales, el total y absoluto aislamiento de todas las comodidades terrestres o los catastróficos riesgos de chocar contra basura espacial, pero sobre todo ello prevalece el testimonio más emocional, el relato rebosante de humanidad, compasión, sentido del humor, entusiasmo y determinación de este héroe moderno. Un relato ejemplar, al cabo, sobre el triunfo de la imaginación, la fuerza de la voluntad humana y las maravillas infinitas de la galaxia.

Scott Kelly: Resistencia. Un año en el espacio | Por amor a la ciencia

¡Las chicas son de ciencias!

Hoy, 11 de febrero, celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (en 11defebrero.org se pueden consultar las actividades organizadas en toda España con tal ocasión). ¿Sabes cuántos descubrimientos científicos debemos a las mujeres?

Irene_Civico_Sergio_Parra-Las_chicas_son_de-ciencias-portada_cientificas_3Aunque en los libros de historia parezca que las ciencias son cosa de hombres, de eso nada: desde Agnodice, la primera médica conocida de la historia, hasta Rosalind Franklin, la química que descubrió la estructura del ADN, pasando por Vera Rubin, la astrónoma que vio lo que nadie veía, las mujeres han sido pioneras en ciencias desde el inicio de los tiempos. Y aun así, ¿podrías nombrar al menos a diez chicas guerreras que lo petaron en el mundo de las ciencias?

Si no puedes, tranqui. Aquí (¡y en el libro Las chicas son de ciencias, claro!) tienes 25 ejemplos de supercientíficas que demuestran que las chicas y los laboratorios son una buena combinación:

Irene_Civico_Sergio_Parra-Las_chicas_son_de-ciencias-cientificasTodo el mundo sabe que Marie Curie fue una pionera del estudio de la radioactividad y ganó dos premios Nobel en dos disciplinas distintas, que Jane Goodall dedicó su vida a estudiar los chimpancés o que Valentina Tereshkova fue la primera mujer en viajar al espacio. Sin embargo, quizá pocos se dan cuenta de la hazaña que supuso su  reconocimiento pues, hasta hace relativamente poco, las mujeres tenían un acceso estrictamente restringido a la educación o directamente nulo.

Si la comprensión y la explicación del mundo y la naturaleza es ya de por sí complicada, ¿cómo sería sin formación, sin apoyos y con multitud de barreras infranqueables para el sexo femenino?

Emmy Noether, la matemática más importante de la historia
Emmy Noether, la matemática más importante de la historia

Y aun así, a Marie, Jane y Valentina se sumaron muchas otras mujeres valientes e increíbles que no por ser menos conocidas merecen menos respeto y admiración. Con su perspicacia, inteligencia y con una determinación fuera de lo común en su época lograron revolucionar el campo de la ciencia con sus asombrosos descubrimientos o colaboraron activamente en teorías revolucionarias que han cambiado para siempre la historia del mundo.

Desde Grace Hopper, la matemática que creó un lenguaje para hablar con los ordenadores, hasta Dorothy Crowfoot-Hodgkin, la bioquímica que descubrió la estructura de la penicilina y la insulina, pasando por María Teresa Toral, la química española que desafío a Franco o Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar la Medalla Fields, el «Nobel de Matemáticas», las mujeres han sido pioneras en ciencias desde el inicio de los tiempos.

Stephanie Kwolek, la científica que paraba las balas
Stephanie Kwolek, la científica que paraba las balas

Las chicas son de ciencias descubre a los lectores y lectoras de toda edad y condición 25
biografías apasionantes de mujeres que, con su constancia, su sudor y su intelecto, allanaron el camino a las futuras ingenieras, químicas, biólogas, matemáticas, médicas, astrónomas, físicas… Y que siguen inspirando hoy a nuestros pequeños y pequeñas para construir un mejor mañana.

Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar el «Nobel de Matemáticas»
Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar el «Nobel de Matemáticas»

Inge Lehman fue la sismóloga que nos llevó al centro de la tierra, y Henrietta Leavitt, la astrónoma que nos permitió medir el universo. Todas ellas y muchas más, hasta un total de 25 mujeres que revolucionaron el mundo de la ciencia, aparecen en Las chicas son de ciencias, un libro que demuestra que la ciencia y las mujeres combinan a la perfección.

¿Quién dijo que las chicas no eran de ciencias?

Peter Godfrey-Smith: Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia

En una rama muy distante de la nuestra en el árbol evolutivo de las especies existe otra mente muy desarrollada: la de los cefalópodos. Pero, ¿qué clase de inteligencia poseen estos animales? ¿Cómo desarrolló tal inteligencia el pulpo, criatura de escasa vida social y longevidad de apenas dos años?

A dar respuesta a preguntas como estas lleva años dedicado Peter Godfrey-Smith, profesor de filosofía en la City University of New York, así como profesor de historia y filosofía de la ciencia en la universidad de su Sídney natal, donde se dedica principalmente a la filosofía de la biología y a la filosofía de la mente, y en particular a la intersección entre ambas.

Peter Godfrey-Smith - Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia
Más información sobre el libro, aquí.

De hecho, al margen de su actividad como filósofo, Godfrey-Smith es un aficionado al buceo, y desde hace años dedica gran parte de su tiempo a realizar inmersiones junto a la costa australiana, en una región al sur de Sídney donde se encuentra «Octópolis», así llamada por la cantidad de jibias, pulpos y calamares que viven allí abajo, sobre un lecho de conchas marinas depositado a lo largo probablemente de décadas. (El año pasado se descubrió otra zona de características similares, a la que se dio el nombre de «Otlantis», jugando con la palabra inglesa para pulpo, octopus, y para la mítica isla de Atlántida, Atlantis.)

Los pulpos, así como las jibias y los calamares, están dotados de sistema nervioso complejo, lo cual los emparenta con los seres humanos. De alguna manera, los octópodos son un «experimento independiente de la evolución» que arrancó hace 600 millones de años, cuando apenas eran unos gusanos de escasos milímetros de longitud. El paso del tiempo los dotó de un cerebro en cuyo interior brillan 500 millones de neuronas (el ser humano cuenta con 100.000 millones) y los convirtió en la especie más inteligente de las profundidades marinas.

Tanto es así que el buceador puede aproximarse a ellos y detectar, quizá no un brillo inteligente en su mirada, pero sí un comportamiento que le incitará a pensar que se encuentra ante un animal que no sólo puede comunicarse, sino que disfruta haciéndolo.

En palabras de Peter Godfrey-Smith, los octópodos son lo más parecido a un extraterrestre que podemos encontrar en nuestro planeta y nos ayudan a comprender mucho mejor el funcionamiento de la naturaleza.

An octo reacts to the news that Other Minds is a New York Times “Editor’s Choice”. #fsgbooks #octopus #othermindsbook

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En Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia, recientemente publicado por Taurus en España, Godfrey-Smith trata de responder a las preguntas con las que lleva años fascinado. Para ello, se remonta a los orígenes de la vida, que muy probablemente apareció por primera vez en un entorno acuoso como el que aún habitan los pulpos, y hace un recorrido por la evolución y el desarrollo de la mente en estos animales que arroja nueva luz sobre la comprensión de nuestra propia mente.

Extrañamente, los cefalópodos viven muy poco tiempo (dos años), lo que resulta harto curioso, ya que no parece tener sentido que la naturaleza haya invertido tanta energía en crear un sistema nervioso complejo, así como un cerebro desarrollado, en un animal que morirá rápidamente. La única respuesta que encuentra Peter Godfrey-Smith a esta paradoja es la vulnerabilidad de los pulpos. Son animales que pueden morir con facilidad, dado que su cuerpo no presenta grandes estrategias de defensa. En palabras del autor: «La duración de la vida de los diferentes animales se establece en función de su riesgo de muerte por causas externas, de lo rápidamente que puedan alcanzar la edad reproductiva y de otras características de su estilo de vida y de su ambiente».

En YouTube es posible encontrar vídeos de Octópolis, grabados por el propio autor:

Más información:

Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia | megustaleer (aquí puede leerse el fragmento inicial)

Peter Godfrey-Smith | Wikipedia

Peter Godfrey-Smith | Universidad de Sídney

Ed Yong y los microbios que nos habitan: Yo contengo multitudes

El periodista británico Ed Yong, uno de los divulgadores científicos más importantes del momento, llega a nuestras librerías con uno de los ensayos más aplaudidos por los medios de comunicación anglosajones a lo largo de todo el 2016: Yo contengo multitudes.

El mismísimo Bill Gates aseguró que este libro supondría un antes y un después en nuestra forma de ver a los microbios que colonizan a diario nuestros cuerpos:

«Después de leer el interesantísimo libro Yo contengo multitudes del periodista británico Ed Yong, veo los microbios con una mirada diferente y hablo de ellos con nuevos términos. […] Yong sintetiza literalmente cientos y cientos de páginas, sin abrumarte nunca con la ciencia. Tan solo imparte una visión fascinante y sorprendente detrás de otra. Yo contengo multitudes es el mejor periodismo científico.»

De hecho, Gates quiso hablar con Yong sobre su libro:

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Bill Gates: Aquí en la fundación trabajamos contra las enfermedades infecciosas, y en las reuniones la gente dice: «Ah, ¿afectó a esto las bacterias intestinales? O ¿hay bacterias en este insector?»

A Sue, que es la directora ejecutiva de la fundación, encontró este libro y vino y me dio una copia. «Esto realmente muestra el panorama de este asombroso fenómeno de cómo los microbios son una parte esencial de todas las formas de vida.»

Ed Yong: Así es. Fui a un centro libre de gérmenes donde crían ratones en burbujas estériles. Esos ratones no contienen multitudes, no han visto bacterias en su vida. Y por ese motivo sus cuerpos hacían cosas inesperadas, como que sus huesos y sus vasos sanguíneos no se desarrollan adecuadamente si no reciben las señales microbiales correctas.

Bill Gates: Una cosa en la que trabajamos y que tú describes es esta idea de que la Wolbachia vive dentro de los insectos. Y, en el caso del mosquito Aedes Aegypti, puede de hecho reducir su capacidad como portador de enfermedades.

Ed Yong: La idea de que podamos ser capaces de controlar todas estas enfermedades implantando Wolbachia en el mosquito Aedes Aegypti me parece sencillamente asombrosa. Y, cuando se descubrió, la Wolbachia fue ignorada. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la gente se dio cuenta del potencial que tenía para influir en la salud humana de una manera tan positiva.

El microbioma es muy parecido. Ha sido ignorado durante mucho y solo recientemente se ha empezado a valorar.

Bill Gates: Creo que lo último que habría esperado que tuviese conexión con el microbioma es una enfermedad neurológica como el Parkinson.

Ed Yong: Hay muchos vínculos interesantes entre el microbioma en el intestino y el cerebro y nuestro comportamiento. Creo que el microbioma proporciona este tejido conectivo que conecta todos nuestros sistemas de órganos entre sí, y que influye en cómo pensamos y cómo nos comportamos.

La idea de que organismos que son microscópicos alteren la manera en que pensamos resulta profundamente desazonante. Pero es lo que hay.

Bil Gates: Y el hecho de que no se descontrole. Mi parece asombroso lo complejo que es el microbioma y no me lo habría esperado.

Ed Yong: Sí, totalmente. Esta es la visión más amplia de la vida que quería transmitir con mi libro. El hecho de que tú y yo estamos aquí como dos individuos, pero en realidad somos dos mundos enteros.

Bill Gates: Gracias, Ed. Ha sido estupendo tenerte aquí.

Ed Yong: Gracias por invitarme. Ha sido estupendo.

Porque Yo contengo multitudes habla de ellos, de los microbios, o mejor dicho, de los miles de millones de microbios que pueblan nuestro organismo. De hecho, sólo en nuestro intestino hay más microbios que galaxias en el firmamento. Y, aunque la imagen pueda resultar desagradable a los más quisquillosos, lo cierto es que todos esos microbios (incluyendo bacterias, hongos, arqueas y virus) viven en simbiosis con nosotros. «Cada uno de nosotros es un zoológico de nuestra propiedad, una colonia encerrada dentro de un solo cuerpo –dice Ed Yong–. Un colectivo multiespecies. Todo un mundo.»

Ed Yong, Yo contengo multitudes | Por amor a la ciencia

Estos microscópicos y multitudinarios compañeros vitales no solo moldean nuestros órganos, nos protegen de enfermedades e influyen en nuestro comportamiento, sino que resultan clave a la hora de entender el funcionamiento de la vida. Los microbios cooperan con nuestro organismo contribuyendo al almacenamiento de grasa, al revestimiento del intestino y la piel, a la protección de la barrera hematoencefálica y, entre muchísimas cosas más, al desarrollo de nuestros órganos vitales. Porque cada animal, ya sea un ser humano o una coral, es un ecosistema en sí mismo cuyos integrantes negocian para asegurar la supervivencia del huésped. Esos compañeros de viaje tienen intereses comunes, pero también entran en conflicto, y son sus anfitriones quienes deben controlarlos y mantenerlos a raya ofreciéndoles el alimento adecuado, confinándolos en tejidos específicos o colocándolos bajo vigilancia inmunitaria. En otras palabras, para que nuestro microbioma nos proteja, nosotros debemos protegerlo a él.

Es más, los microbios no sólo viven en comunión con nosotros, sino que nos protegen de enfermedades, nos definen como individuos e incluso influyen en nuestro comportamiento.

A lo largo de este otoño que acaba de empezar, Yong publicará en su canal en YouTube una serie de vídeos sobre el fascinante mundo de los microbios. Este es el primero:

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Ed Yong: Hola. Soy Ed Yong. Soy escritor científico y me gustaría mostraros un mundo que me fascina: el mundo de los microbios.

Hace poco escribí un libro sobre los microbios y los científicos que los estudian.

Locutor 1: Los dedicados científicos se enfrentan al desafío.

Ed Yong: Y ahora he colaborado con unos cineastas para crear vídeos sobre cómo el mundo natural que vemos está influido profundamente por un mundo que no podemos ver.

Los microbios son importantes. Normalmente, los hemos ignorado; a menudo, los hemos temido; ahora, ha llegado el momento de apreciarlos.

Locutor 1: ¡Eso es!

Ed Yong: Os voy a mostrar qué aspecto tienen realmente, cómo es en realidad el mundo animal, y cómo resulta mucho más maravilloso cuando lo observamos como el mundo de colaboraciones que realmente es.

Una hiena, por ejemplo, puede informar a otras hienes sobre su edad, su sexo y su estatus social a través de olores que las bacterias la ayudan a crear. Y lo mismo sucede con los tejones, los murciélagos y los elefantes.

Todos estos animales pueden utilizar microbios para decirles a los demás quién son. Puede que los microbios sean diminutos, pero tienen un efecto profundo sobre nuestras vidas.

La mayoría de nosotros veíamos las bacterias como gérmenes, como bichos malos, a pesar de que solo unos pocos cientos de variedades se sabe que provocan enfermedades. La inmensa mayoría de ellas son inocuas, o incluso beneficiosas.

Solo tenemos que mirarnos al espejo. Nuestra cara, nuestra piel, nuestra boca están cubiertas de jardines de microbios que impiden que nos colonicen especies más peligrosas.

Nuestro intestino acoge miles de especies más, que digieren la comida por nosotros. O quizá somos nosotros quienes digerimos su comida en su lugar.

En total, en mi cuerpo hay al menos tantas células microbiales como células nativas humanas, lo que significa que, en el mejor de los casos, soy solo la mitad de la persona que creo ser, si es que soy yo el que piensa.

Soy Ed Yong. Bienvenidos al mundo de los microbios. Permaneced atentos a estos vídeos que iremos publicando, prestad atención, observad con atención y dejad que os cuente qué es lo que mueve realmente la vida en la Tierra.

Mi nombre es Ed Yong y yo –quiero decir, nosotros, mis multitudes y yo– aprobamos este mensaje.

El autor

Ed Yong es un aclamado divulgador científico que cuenta con más de 101.000 seguidores en Twitter y escribe para The Atlantic. Su blog personal, Not Exactly Rocket Science, está patrocinado por National Geographic, y sus artículos han aparecido en The New Yorker, The New York Times, Nature, New Scientist, Scientific American, The Guardian, The Times, Discover y Slate, entre muchas otras. Actualmente reside en Londres.

El libro

En Yo contengo multitudes Ed Yong nos abre los ojos y nos invita con su erudición y sentido del humor a mirarnos como algo más que individuos: como receptáculos interdependientes de los microbiomas que conforman todos los seres vivos.

Así, descubriremos la asombrosa e invisible ciencia detrás de los gigantescos arrecifes que construyen los corales, aprenderemos cómo ciertos calamares crean juegos de luces, y veremos el modo en que las bacterias pueden alterar nuestra respuesta en la lucha contra el cáncer, manipular nuestro sistema inmunológico, influir en nuestra evolución e incluso modificar nuestro genoma.

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