Resistencia: Scott Kelly y su año en el espacio

«He aprendido que subir a un cohete que puede matarme es a la vez un enfrentamiento con la muerte y una aventura que me hace sentir más vivo que ninguna otra cosa que haya experimentado. He aprendido que la hierba huele de maravilla, que sentir el viento es asombroso y que la lluvia es un milagro.

He aprendido que seguir las noticias desde el espacio puede hacer que la Tierra parezca un remolino de caos y conflicto, y que ver la degradación ambiental causada por los humanos es desolador. He aprendido también que nuestro planeta es la cosa más hermosa que he visto nunca y que somos afortunados de tenerla.»

Con estas emocionantes palabras, con las que cierra su libro Resistencia, resume Scott Kelly la extraordinaria experiencia de permanecer en la Estación Espacial Internacional (EEI) 340 días, casi un año entero: 231.498,541 kilómetros recorridos. 10.880 amaneceres y anocheceres. 5.440 órbitas alrededor de la Tierra.

El 27 de marzo de 2015, Kelly llegó a la EEI con la misión de pasar prácticamente un año en el espacio, el mayor tiempo de permanencia fuera de la Tierra por parte de un ser humano hasta el momento. Los 340 días que iba a vivir sometido a la ingravidez, a la radiación y a los niveles elevados de CO2 habrían de servir para que las agencias espaciales determinaran si el cuerpo humano podría soportar un viaje a Marte. A tenor de la apasionante experiencia de este estadounidense, la respuesta es afirmativa. Estamos preparados para llegar al Planeta Rojo, aun cuando sea con dificultades.

Relato de una vida

Es a partir de esta sugerente premisa que surge Resistencia. Un año en el espacio, la narración en primera persona de la epopeya que supone permanecer todo un año en un entorno absolutamente hostil al ser humano, tiempo durante el que este hombre ha visto y vivido cosas que prácticamente ninguno de nosotros veremos o experimentaremos nunca. Pero Resistencia no es únicamente el relato de los 340 días que Scott Kelly pasó encerrado en los contenedores diminutos que forman la Estación Espacial Internacional, sino también la historia previa: el relato de un adolescente que siendo un desastre como estudiante decidió convertirse en piloto de un F-17 y, después, en comandante de uno de los aviones más complejos de la época: el transbordador espacial.

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Así fue como Scott Kelly se convirtió en astronauta y así fue como, después de tres misiones al espacio, recibió el encargo de pasar todo un año orbitando la Tierra. Conseguir que le asignaran ese trabajo no fue sencillo, principalmente por sus problemas de salud. Las ocasiones anteriores en que había abandonado la atmósfera -y, por tanto, en las que se había visto sometido a un exceso de radiación- le habían provocado problemas en la visión y, más importante, le habían generado un cáncer de próstata que no obstante logró superar gracias a la cirugía. Un historial médico que hacía inviable su elección para la misión. Sin embargo, Kelly tenía un as en la manga. Sugirió a sus superiores que él era el candidato ideal porque tenía un hermano gemelo (Mark, también astronauta) con quien podrían cotejar los cambios experimentados en su cuerpo tras pasar un año en el exterior.

Scott Kelly (izqda.) junto a su hermano Mark, también astronauta.
Scott Kelly (izqda.) junto a su hermano Mark, también astronauta.

El argumento era incuestionable. El hecho de que Kelly tuviera un «doble» en la Tierra permitiría a los científicos comparar la evolución física (incluso genética) del astronauta tras vivir todo un año en la Estación Espacial Internacional. Y eso era algo que ningún otro candidato podía ofrecer.

Cuando tenían cinco años, los gemelos Scott y Mark Kelly estaban frente al televisor en el momento en el que el primer hombre pisó la Luna: Neil Armstrong. Desde entonces, los dos supieron que querían volar al espacio. Pero, en el caso de Scott, hubo un segundo acontecimiento que habría de reafirmar aquel sueño infantil. Ocurrió cuando ya era un universitario. Un día cayó en sus manos un ejemplar de Elegidos para la gloria. Lo que hay que tener, de Tom Wolfe, y su lectura le impresionó tanto que decidió convertirse en piloto de la Marina.

Aquellos dos chavales provenían de una familia dominada por un padre alcohólico, maltratador y resentido que no les incentivó a conseguir sus objetivos, pero al mismo tiempo contaban con una madre que les enseñó a perseguir sus sueños. Y no fue poca la ambición de Scott Kelly, porque, siendo un pésimo estudiante y un pequeño diablo, se esforzó por entrar en la Marina y, más complicado todavía, por convertirse en piloto de un F-14.

Pero Scott Kelly no tenía suficiente con pilotar el mejor aparato del mundo. Quería más. Y sólo existía un avión por encima del F-14: el transbordador espacial. En 1995 rellenó la solicitud para convertirse en astronauta. En su mente vibraba la posibilidad de pertenecer a la primera generación que pisaría Marte y, aunque ese sueño quedó congelado con los presupuestos para exploración espacial, la construcción de la EEI dio nuevas alas a su imaginación.

Scott Kelly participó en tres misiones espaciales antes de instalarse en la EEI durante 340 días: viajó al espacio para realizar una reparación de emergencia del telescopio Hubble, llevó material de repuesto a la Estación Espacial Internacional y permaneció 159 día en esa misma estación. De esta última misión regresó con problemas oculares y con un cáncer de próstata (los astronautas tienen 30 veces más de posibilidades de generar un cáncer que el resto de los mortales) que logró superar sin grandes consecuencias físicas.

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Antes de iniciar su cuarta misión, Scott Kelly tuvo ocasión de charlar con Alan Gross (el trabajador social encarcelado en Cuba bajo la acusación de trabajar para la CIA), quien le dio un consejo para permanecer todo un año encerrado en la EEI: «Me sugirió que mientras estuviese en el espacio debía contar hacia arriba -los días que llevaba allí- en lugar de hacia abajo el número de días que me quedaban para volver. “Se te hará más fácil así”, me dijo. Y eso fue exactamente lo que hice».

Un año en el espacio

Tras despedirse de su pareja y de sus dos hijas adolescentes, Kelly viajó a Rusia, en concreto a la conocida como «ciudad de las estrellas», para embarcar en la Soyuz junto al comandante Gennady Padalka y a su compañero de misión Mijaíl Kornienko. El 27 de marzo de 2015 se acoplaron a la Estación Espacial Internacional, donde les esperaban los tres astronautas que ya estaban allí y que formarían parte de los trece compañeros con quienes Kelly convivió durante los 340 días que duró la misión.

«A diferencia de los primeros tiempos de los vuelos espaciales, cuando lo que contaba era la habilidad del pilotaje, a los astronautas del siglo XXI se nos elige por nuestra capacidad para llevar a cabo numerosas tareas de distinto tipo y llevarnos bien con los demás, sobre todo en circunstancias estresantes y en espacios reducidos durante largos periodos de tiempo».

Este fue uno de los experimentos científicos más delicados que Kelly llevó a cabo durante su año en el espacio…
Este fue uno de los experimentos científicos más delicados que Kelly llevó a cabo durante su año en el espacio…

Como Kelly ya había estado en la EEI anteriormente, una de las primeras impresiones que recibió cuando entró de nuevo en aquel receptáculo fue, curiosamente, una reminiscencia: la del olor.

«A medida que se disipa el olor a espacio, empiezo a detectar el olor característico de la EEI, tan familiar como el del hogar de mi infancia. Este olor se debe en su mayor parte a los gases que emite el equipamiento y todo lo demás, y es lo que en la Tierra llamamos olor a coche nuevo. Aquí es tan intenso porque las partículas de plástico están en ingravidez, como sucede también con el aire, y se inspiran con cada respiración. Hay también un ligero olor a basura y un tufillo de olor corporal. Aunque sellamos la basura lo mejor que podemos, solo nos deshacemos de ella cada varios meses, cuando llega una nave de reabastecimiento que, una vez vaciado el cargamento, se transforma en camión de la basura».

Scott Kelly es un astronauta práctico y concienzudo. No es un hombre que se entretenga reflexionando sobre la condición humana o sobre la existencia de Dios, sino un piloto que, tan pronto como se instala en la EEI, dedica su tiempo al mantenimiento del equipamiento y a los más de cuatrocientos experimentos (todos relacionados con la gravedad) que le han encomendado.

«Al principio de mi carrera como astronauta no tenía claro si quería volar en la Estación Espacial Internacional: la mayor parte de lo que hacen los astronautas en la estación es ciencia. A fin de cuentas, soy piloto. El objetivo que me había llevado a convertirme en astronauta era pilotar aeronaves cada vez más exigentes, hasta que llegué al aparato más difícil de pilotar de todos: el transbordador espacial. Diseccionar un ratón dista mucho de aterrizar con el transbordador especial».

Con todo, a medida que pasaban los días, las semanas y los meses, su condición humana se fue imponiendo, y a lo largo de sus memorias el astronauta desliza algunos comentarios cargados de poesía. Especialmente significativas son sus alusiones a la nostalgia, que se dan en tres ocasiones. La primera aparece cuando se da cuenta de que echa de menos la naturaleza:

«Cuesta explicar a quienes no han vivido aquí hasta qué punto se echa de menos la naturaleza. En el futuro existirá una palabra para nombrar la clase particular de nostalgia que sentimos por los seres vivos».

La segunda, cuando observa la Tierra desde una de las ventanillas del contenedor espacial en el que ya lleva meses viviendo:

«Aunque aquí arriba todo es estéril e inerte, sí tenemos ventanas que nos ofrecen unas vistas fantásticas a la Tierra. Es difícil describir la experiencia de mirar al planeta desde arriba. Siento como si conociese la Tierra de una manera más íntima que la mayoría de la gente: el litoral, la orografía, las montañas y los ríos».

Y la tercera cuando, quedando ya pocos días para su regreso a la Tierra, siente nostalgia por el lugar que está a punto de abandonar.

«Pienso también en lo que echaré de menos de este lugar cuando esté de vuelta a la Tierra. Es una sensación extraña, esta nostalgia anticipada, nostalgia de cosa que aún me están pasando cada día y que, con frecuencia, como justo ahora, me molestan».

Por suerte, Scott Kelly no es un hombre que se deje llevar por los sentimientos, algo que podría traerle serios problemas en un lugar tan apartado del mundo como es la Estación Espacial Internacional. Sabe que debe mantenerse frío para no enloquecer, así que se concentra en su trabajo y obedece las instrucciones que, cada cinco minutos, le envían desde el centro de mando. De hecho, cuando siente que la moral le flaquea, echa mano al único libro que ha traído (Endurance. El legendario viaje de Shackleton al Polo Sur, de Alfred Lansing) y se da cuenta de que su aventura es incluso menos peligrosa que la emprendida por los grandes exploradores del siglo XIX. O se concentra en el trabajo para evitar que los pensamientos negativos inunden su mente. Así, se pasa los días haciendo ejercicio, controlando los niveles de CO2, arreglando el sistema de evacuación de residuos (el retrete), recibiendo a las naves de reabastecimiento de suministros y haciendo experimentos científicos con ratones, plantas o incluso consigo mismo.

«Aunque tengo los ojos cerrados, cada cierto tiempo iluminan mi campo de visión unos destellos cósmicos debidos al impacto de la radiación con mis retinas que crea la sensación de luz».

Pero, si algo resulta especialmente emotivo para el lector de sus memorias, sin duda son los paseos espaciales. Scott Kelly tuvo que salir al exterior en dos ocasiones y, cuando se encontró flotando con la Tierra a sus pies, no pudo evitar que el poeta que todo astronauta lleva en su interior hiciera acto de presencia.

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«La inmensa cúpula azul de la Tierra se cierne sobre mi cabeza como un planeta extraterrestre cercano en una película de ciencia-ficción, y da la impresión de que podría caer sobre nosotros. Por un momento, me siento desorientado. Me pregunta dónde tengo que buscar el punto de sujeción, una pequeña anilla a la que enganchar la correa de seguridad, pero no sé en qué dirección hacerlo».

En definitiva, el gran triunfo de Resistencia es que no solo nos explica los grandes retos a los que se enfrenta la exploración espacial –algo que, por otro lado, esta obra hace de forma apasionante, lo que ya constituye un gran mérito de por sí–, sino que además destila una emocionante humanidad. En sus memorias, Scott Kelly nos revela cuáles fueron los retos más extremos que tuvo que afrontar en su misión: los devastadores efectos corporales, el total y absoluto aislamiento de todas las comodidades terrestres o los catastróficos riesgos de chocar contra basura espacial, pero sobre todo ello prevalece el testimonio más emocional, el relato rebosante de humanidad, compasión, sentido del humor, entusiasmo y determinación de este héroe moderno. Un relato ejemplar, al cabo, sobre el triunfo de la imaginación, la fuerza de la voluntad humana y las maravillas infinitas de la galaxia.

Scott Kelly: Resistencia. Un año en el espacio | Por amor a la ciencia

¡Las chicas son de ciencias!

Hoy, 11 de febrero, celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (en 11defebrero.org se pueden consultar las actividades organizadas en toda España con tal ocasión). ¿Sabes cuántos descubrimientos científicos debemos a las mujeres?

Irene_Civico_Sergio_Parra-Las_chicas_son_de-ciencias-portada_cientificas_3Aunque en los libros de historia parezca que las ciencias son cosa de hombres, de eso nada: desde Agnodice, la primera médica conocida de la historia, hasta Rosalind Franklin, la química que descubrió la estructura del ADN, pasando por Vera Rubin, la astrónoma que vio lo que nadie veía, las mujeres han sido pioneras en ciencias desde el inicio de los tiempos. Y aun así, ¿podrías nombrar al menos a diez chicas guerreras que lo petaron en el mundo de las ciencias?

Si no puedes, tranqui. Aquí (¡y en el libro Las chicas son de ciencias, claro!) tienes 25 ejemplos de supercientíficas que demuestran que las chicas y los laboratorios son una buena combinación:

Irene_Civico_Sergio_Parra-Las_chicas_son_de-ciencias-cientificasTodo el mundo sabe que Marie Curie fue una pionera del estudio de la radioactividad y ganó dos premios Nobel en dos disciplinas distintas, que Jane Goodall dedicó su vida a estudiar los chimpancés o que Valentina Tereshkova fue la primera mujer en viajar al espacio. Sin embargo, quizá pocos se dan cuenta de la hazaña que supuso su  reconocimiento pues, hasta hace relativamente poco, las mujeres tenían un acceso estrictamente restringido a la educación o directamente nulo.

Si la comprensión y la explicación del mundo y la naturaleza es ya de por sí complicada, ¿cómo sería sin formación, sin apoyos y con multitud de barreras infranqueables para el sexo femenino?

Emmy Noether, la matemática más importante de la historia
Emmy Noether, la matemática más importante de la historia

Y aun así, a Marie, Jane y Valentina se sumaron muchas otras mujeres valientes e increíbles que no por ser menos conocidas merecen menos respeto y admiración. Con su perspicacia, inteligencia y con una determinación fuera de lo común en su época lograron revolucionar el campo de la ciencia con sus asombrosos descubrimientos o colaboraron activamente en teorías revolucionarias que han cambiado para siempre la historia del mundo.

Desde Grace Hopper, la matemática que creó un lenguaje para hablar con los ordenadores, hasta Dorothy Crowfoot-Hodgkin, la bioquímica que descubrió la estructura de la penicilina y la insulina, pasando por María Teresa Toral, la química española que desafío a Franco o Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar la Medalla Fields, el «Nobel de Matemáticas», las mujeres han sido pioneras en ciencias desde el inicio de los tiempos.

Stephanie Kwolek, la científica que paraba las balas
Stephanie Kwolek, la científica que paraba las balas

Las chicas son de ciencias descubre a los lectores y lectoras de toda edad y condición 25
biografías apasionantes de mujeres que, con su constancia, su sudor y su intelecto, allanaron el camino a las futuras ingenieras, químicas, biólogas, matemáticas, médicas, astrónomas, físicas… Y que siguen inspirando hoy a nuestros pequeños y pequeñas para construir un mejor mañana.

Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar el «Nobel de Matemáticas»
Maryam Mirzakhani, la primera científica en ganar el «Nobel de Matemáticas»

Inge Lehman fue la sismóloga que nos llevó al centro de la tierra, y Henrietta Leavitt, la astrónoma que nos permitió medir el universo. Todas ellas y muchas más, hasta un total de 25 mujeres que revolucionaron el mundo de la ciencia, aparecen en Las chicas son de ciencias, un libro que demuestra que la ciencia y las mujeres combinan a la perfección.

¿Quién dijo que las chicas no eran de ciencias?

Peter Godfrey-Smith: Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia

En una rama muy distante de la nuestra en el árbol evolutivo de las especies existe otra mente muy desarrollada: la de los cefalópodos. Pero, ¿qué clase de inteligencia poseen estos animales? ¿Cómo desarrolló tal inteligencia el pulpo, criatura de escasa vida social y longevidad de apenas dos años?

A dar respuesta a preguntas como estas lleva años dedicado Peter Godfrey-Smith, profesor de filosofía en la City University of New York, así como profesor de historia y filosofía de la ciencia en la universidad de su Sídney natal, donde se dedica principalmente a la filosofía de la biología y a la filosofía de la mente, y en particular a la intersección entre ambas.

Peter Godfrey-Smith - Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia
Más información sobre el libro, aquí.

De hecho, al margen de su actividad como filósofo, Godfrey-Smith es un aficionado al buceo, y desde hace años dedica gran parte de su tiempo a realizar inmersiones junto a la costa australiana, en una región al sur de Sídney donde se encuentra «Octópolis», así llamada por la cantidad de jibias, pulpos y calamares que viven allí abajo, sobre un lecho de conchas marinas depositado a lo largo probablemente de décadas. (El año pasado se descubrió otra zona de características similares, a la que se dio el nombre de «Otlantis», jugando con la palabra inglesa para pulpo, octopus, y para la mítica isla de Atlántida, Atlantis.)

Los pulpos, así como las jibias y los calamares, están dotados de sistema nervioso complejo, lo cual los emparenta con los seres humanos. De alguna manera, los octópodos son un «experimento independiente de la evolución» que arrancó hace 600 millones de años, cuando apenas eran unos gusanos de escasos milímetros de longitud. El paso del tiempo los dotó de un cerebro en cuyo interior brillan 500 millones de neuronas (el ser humano cuenta con 100.000 millones) y los convirtió en la especie más inteligente de las profundidades marinas.

Tanto es así que el buceador puede aproximarse a ellos y detectar, quizá no un brillo inteligente en su mirada, pero sí un comportamiento que le incitará a pensar que se encuentra ante un animal que no sólo puede comunicarse, sino que disfruta haciéndolo.

En palabras de Peter Godfrey-Smith, los octópodos son lo más parecido a un extraterrestre que podemos encontrar en nuestro planeta y nos ayudan a comprender mucho mejor el funcionamiento de la naturaleza.

An octo reacts to the news that Other Minds is a New York Times “Editor’s Choice”. #fsgbooks #octopus #othermindsbook

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En Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia, recientemente publicado por Taurus en España, Godfrey-Smith trata de responder a las preguntas con las que lleva años fascinado. Para ello, se remonta a los orígenes de la vida, que muy probablemente apareció por primera vez en un entorno acuoso como el que aún habitan los pulpos, y hace un recorrido por la evolución y el desarrollo de la mente en estos animales que arroja nueva luz sobre la comprensión de nuestra propia mente.

Extrañamente, los cefalópodos viven muy poco tiempo (dos años), lo que resulta harto curioso, ya que no parece tener sentido que la naturaleza haya invertido tanta energía en crear un sistema nervioso complejo, así como un cerebro desarrollado, en un animal que morirá rápidamente. La única respuesta que encuentra Peter Godfrey-Smith a esta paradoja es la vulnerabilidad de los pulpos. Son animales que pueden morir con facilidad, dado que su cuerpo no presenta grandes estrategias de defensa. En palabras del autor: «La duración de la vida de los diferentes animales se establece en función de su riesgo de muerte por causas externas, de lo rápidamente que puedan alcanzar la edad reproductiva y de otras características de su estilo de vida y de su ambiente».

En YouTube es posible encontrar vídeos de Octópolis, grabados por el propio autor:

Más información:

Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia | megustaleer (aquí puede leerse el fragmento inicial)

Peter Godfrey-Smith | Wikipedia

Peter Godfrey-Smith | Universidad de Sídney

Ed Yong y los microbios que nos habitan: Yo contengo multitudes

El periodista británico Ed Yong, uno de los divulgadores científicos más importantes del momento, llega a nuestras librerías con uno de los ensayos más aplaudidos por los medios de comunicación anglosajones a lo largo de todo el 2016: Yo contengo multitudes.

El mismísimo Bill Gates aseguró que este libro supondría un antes y un después en nuestra forma de ver a los microbios que colonizan a diario nuestros cuerpos:

«Después de leer el interesantísimo libro Yo contengo multitudes del periodista británico Ed Yong, veo los microbios con una mirada diferente y hablo de ellos con nuevos términos. […] Yong sintetiza literalmente cientos y cientos de páginas, sin abrumarte nunca con la ciencia. Tan solo imparte una visión fascinante y sorprendente detrás de otra. Yo contengo multitudes es el mejor periodismo científico.»

De hecho, Gates quiso hablar con Yong sobre su libro:

Ver transcripción completa en español

Bill Gates: Aquí en la fundación trabajamos contra las enfermedades infecciosas, y en las reuniones la gente dice: «Ah, ¿afectó a esto las bacterias intestinales? O ¿hay bacterias en este insector?»

A Sue, que es la directora ejecutiva de la fundación, encontró este libro y vino y me dio una copia. «Esto realmente muestra el panorama de este asombroso fenómeno de cómo los microbios son una parte esencial de todas las formas de vida.»

Ed Yong: Así es. Fui a un centro libre de gérmenes donde crían ratones en burbujas estériles. Esos ratones no contienen multitudes, no han visto bacterias en su vida. Y por ese motivo sus cuerpos hacían cosas inesperadas, como que sus huesos y sus vasos sanguíneos no se desarrollan adecuadamente si no reciben las señales microbiales correctas.

Bill Gates: Una cosa en la que trabajamos y que tú describes es esta idea de que la Wolbachia vive dentro de los insectos. Y, en el caso del mosquito Aedes Aegypti, puede de hecho reducir su capacidad como portador de enfermedades.

Ed Yong: La idea de que podamos ser capaces de controlar todas estas enfermedades implantando Wolbachia en el mosquito Aedes Aegypti me parece sencillamente asombrosa. Y, cuando se descubrió, la Wolbachia fue ignorada. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la gente se dio cuenta del potencial que tenía para influir en la salud humana de una manera tan positiva.

El microbioma es muy parecido. Ha sido ignorado durante mucho y solo recientemente se ha empezado a valorar.

Bill Gates: Creo que lo último que habría esperado que tuviese conexión con el microbioma es una enfermedad neurológica como el Parkinson.

Ed Yong: Hay muchos vínculos interesantes entre el microbioma en el intestino y el cerebro y nuestro comportamiento. Creo que el microbioma proporciona este tejido conectivo que conecta todos nuestros sistemas de órganos entre sí, y que influye en cómo pensamos y cómo nos comportamos.

La idea de que organismos que son microscópicos alteren la manera en que pensamos resulta profundamente desazonante. Pero es lo que hay.

Bil Gates: Y el hecho de que no se descontrole. Mi parece asombroso lo complejo que es el microbioma y no me lo habría esperado.

Ed Yong: Sí, totalmente. Esta es la visión más amplia de la vida que quería transmitir con mi libro. El hecho de que tú y yo estamos aquí como dos individuos, pero en realidad somos dos mundos enteros.

Bill Gates: Gracias, Ed. Ha sido estupendo tenerte aquí.

Ed Yong: Gracias por invitarme. Ha sido estupendo.

Porque Yo contengo multitudes habla de ellos, de los microbios, o mejor dicho, de los miles de millones de microbios que pueblan nuestro organismo. De hecho, sólo en nuestro intestino hay más microbios que galaxias en el firmamento. Y, aunque la imagen pueda resultar desagradable a los más quisquillosos, lo cierto es que todos esos microbios (incluyendo bacterias, hongos, arqueas y virus) viven en simbiosis con nosotros. «Cada uno de nosotros es un zoológico de nuestra propiedad, una colonia encerrada dentro de un solo cuerpo –dice Ed Yong–. Un colectivo multiespecies. Todo un mundo.»

Ed Yong, Yo contengo multitudes | Por amor a la ciencia

Estos microscópicos y multitudinarios compañeros vitales no solo moldean nuestros órganos, nos protegen de enfermedades e influyen en nuestro comportamiento, sino que resultan clave a la hora de entender el funcionamiento de la vida. Los microbios cooperan con nuestro organismo contribuyendo al almacenamiento de grasa, al revestimiento del intestino y la piel, a la protección de la barrera hematoencefálica y, entre muchísimas cosas más, al desarrollo de nuestros órganos vitales. Porque cada animal, ya sea un ser humano o una coral, es un ecosistema en sí mismo cuyos integrantes negocian para asegurar la supervivencia del huésped. Esos compañeros de viaje tienen intereses comunes, pero también entran en conflicto, y son sus anfitriones quienes deben controlarlos y mantenerlos a raya ofreciéndoles el alimento adecuado, confinándolos en tejidos específicos o colocándolos bajo vigilancia inmunitaria. En otras palabras, para que nuestro microbioma nos proteja, nosotros debemos protegerlo a él.

Es más, los microbios no sólo viven en comunión con nosotros, sino que nos protegen de enfermedades, nos definen como individuos e incluso influyen en nuestro comportamiento.

A lo largo de este otoño que acaba de empezar, Yong publicará en su canal en YouTube una serie de vídeos sobre el fascinante mundo de los microbios. Este es el primero:

Ver transcripción completa en español

Ed Yong: Hola. Soy Ed Yong. Soy escritor científico y me gustaría mostraros un mundo que me fascina: el mundo de los microbios.

Hace poco escribí un libro sobre los microbios y los científicos que los estudian.

Locutor 1: Los dedicados científicos se enfrentan al desafío.

Ed Yong: Y ahora he colaborado con unos cineastas para crear vídeos sobre cómo el mundo natural que vemos está influido profundamente por un mundo que no podemos ver.

Los microbios son importantes. Normalmente, los hemos ignorado; a menudo, los hemos temido; ahora, ha llegado el momento de apreciarlos.

Locutor 1: ¡Eso es!

Ed Yong: Os voy a mostrar qué aspecto tienen realmente, cómo es en realidad el mundo animal, y cómo resulta mucho más maravilloso cuando lo observamos como el mundo de colaboraciones que realmente es.

Una hiena, por ejemplo, puede informar a otras hienes sobre su edad, su sexo y su estatus social a través de olores que las bacterias la ayudan a crear. Y lo mismo sucede con los tejones, los murciélagos y los elefantes.

Todos estos animales pueden utilizar microbios para decirles a los demás quién son. Puede que los microbios sean diminutos, pero tienen un efecto profundo sobre nuestras vidas.

La mayoría de nosotros veíamos las bacterias como gérmenes, como bichos malos, a pesar de que solo unos pocos cientos de variedades se sabe que provocan enfermedades. La inmensa mayoría de ellas son inocuas, o incluso beneficiosas.

Solo tenemos que mirarnos al espejo. Nuestra cara, nuestra piel, nuestra boca están cubiertas de jardines de microbios que impiden que nos colonicen especies más peligrosas.

Nuestro intestino acoge miles de especies más, que digieren la comida por nosotros. O quizá somos nosotros quienes digerimos su comida en su lugar.

En total, en mi cuerpo hay al menos tantas células microbiales como células nativas humanas, lo que significa que, en el mejor de los casos, soy solo la mitad de la persona que creo ser, si es que soy yo el que piensa.

Soy Ed Yong. Bienvenidos al mundo de los microbios. Permaneced atentos a estos vídeos que iremos publicando, prestad atención, observad con atención y dejad que os cuente qué es lo que mueve realmente la vida en la Tierra.

Mi nombre es Ed Yong y yo –quiero decir, nosotros, mis multitudes y yo– aprobamos este mensaje.

El autor

Ed Yong es un aclamado divulgador científico que cuenta con más de 101.000 seguidores en Twitter y escribe para The Atlantic. Su blog personal, Not Exactly Rocket Science, está patrocinado por National Geographic, y sus artículos han aparecido en The New Yorker, The New York Times, Nature, New Scientist, Scientific American, The Guardian, The Times, Discover y Slate, entre muchas otras. Actualmente reside en Londres.

El libro

En Yo contengo multitudes Ed Yong nos abre los ojos y nos invita con su erudición y sentido del humor a mirarnos como algo más que individuos: como receptáculos interdependientes de los microbiomas que conforman todos los seres vivos.

Así, descubriremos la asombrosa e invisible ciencia detrás de los gigantescos arrecifes que construyen los corales, aprenderemos cómo ciertos calamares crean juegos de luces, y veremos el modo en que las bacterias pueden alterar nuestra respuesta en la lucha contra el cáncer, manipular nuestro sistema inmunológico, influir en nuestra evolución e incluso modificar nuestro genoma.

Más información sobre Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una mayor visión de la vida

Empezar a leer un fragmento.

Siddhartha Mukherjee: El gen. Una historia personal

El oncólogo indo-estadounidense Siddhartha Mukherjee (Nueva Delhi, 1970), profesor de Medicina en la Universidad de Columbia en Nueva York, se dio a conocer en 2010 con su primer libro, El emperador de todos los males, una biografía del cáncer (sobre el que también escribimos aquí), éxito internacional de crítica y ventas por el que recibió el Premio Pulitzer de no ficción.

Siddhartha Mukherjee – El emperador de todos los males

Su nuevo libro, El gen. Una historia personal, puede considerarse en cierto modo una «precuela» del primero, tal y como explica James Gleick en su reseña:

Tal como hizo con su historia del cáncer, El emperador de todos los males (2010), ganadora del premio Pulitzer, Mukherjee contempla el asunto desde una distancia grande y clarificadora, pero también de un modo íntimo. Distintos fragmentos de su propia historia familiar enmarcan el relato: su primo y dos de sus tíos «padecían diversos trastornos de la mente», y el espectro de la enfermedad mental, supuestamente heredada o heredable, persigue a su familia y lo obsesiona. Estos libros forman una magnífica pareja. El emperador de todos los males es, como señala Mukherjee, la historia de la secuencia genética estropeada, conducente al cáncer. El nuevo libro, por tanto, le sirve de precuela.

[Reseña de El gen por James Gleick en El Cultural]

El propio Mukherjee lo expresa así:

Este libro es la historia del nacimiento, el desarrollo y el futuro de una de las ideas más poderosas y peligrosas de la historia de la ciencia: el «gen», la unidad fundamental de la herencia y unidad básica de toda la información biológica.

Y aclara:

Este libro son en realidad tres libros. Uno es la historia científica de la genética, de cómo se sucedieron los descubrimientos científicos. El segundo libro dentro del libro es la historia cultural y social de la idea de la herencia. El tercer libro es mi historia personal y familiar. La clave es entrelazarlos como una triple hélice. Y si piensas en la estructura de este libro, la primera parte es historia, la segunda es futuro.

[Entrevista con Ernest Alós en El Periódico]

Siddhartha Mukherjee – El gen. Una historia personal

Los cambios acelerados que está viviendo la genómica son uno de los motivos que han llevado a Mukherjee a profundizar en ella en El gen:

Mientras escribo esto, organismos dotados de genomas están aprendiendo a cambiar las características hereditarias de organismos dotados de genomas. Me refiero a lo siguiente: solo en los últimos cuatro años, entre 2012 y 2016, hemos inventado tecnologías que nos permiten modificar de manera intencionada y permanente genomas humanos (aunque la seguridad y la fidelidad de esta «ingeniería genómica» aún deben ser cuidadosamente evaluadas). Al mismo tiempo, la capacidad de predecir el futuro de un individuo partiendo de su genoma ha avanzado de modo espectacular (aunque todavía se desconoce la verdadera capacidad predictiva de estas tecnologías). Ahora podemos «leer» genomas humanos, y también «escribirlos», de una manera que era inconcebible hace apenas tres o cuatro años.

De hecho, tanto del propio libro como de las entrevistas que concedió recientemente en su visita a España (ver Más información), queda claro que a Mukherjee le preocupan profundamente que no estemos en condiciones de apreciar las consecuencias que pueden derivarse de estas nuevas capacidades que estamos adquiriendo como especie:

Tampoco creo que tengamos una comprensión humanística sobre el tipo de mundo en el que viviremos una vez que empecemos a llevar a cabo este tipo de manipulaciones. ¿Qué pasaría si estas tecnologías solo estuviesen disponibles para la gente rica? Tendríamos una sociedad que no solo estaría divida por una brecha económica sino que las nuevas tecnologías crearían una subclase genética. Me parece que ese peligro es enorme. No soy pesimista sobre el poder de utilizar estas tecnologías genéticas tan potentes para curar importantes enfermedades, pero también creo que todos deberíamos parar a pensar antes de avanzar con demasiada ligereza hacia ese futuro.

[Entrevista con Daniel Mediavilla en El País]

Pero El gen tiene también una faceta mucho más íntima, que explica su subtítulo («Una historia personal»). En su familia se han dado varios casos de enfermedades mentales, que han afectado profundamente a Mukherjee, y lo han llevado a tratar de entender en qué medida podrían tener origen genético:

[E]ste libro es también una historia muy personal, una historia íntima. El peso de la herencia no es, en mi caso, una abstracción. Rajesh y Jagu están muertos. Moni se encuentra internado en un psiquiátrico de Calcuta. Pero sus vidas y defunciones han tenido una mayor repercusión en mi forma de pensar como científico, investigador, historiador, médico, hijo y padre de lo que posiblemente habría podido imaginar. Apenas pasa un día en mi vida adulta en que no piense en la herencia y la familia.

Y lo más importante es que estoy en deuda con mi abuela. Ella no superó —no pudo superar— la pena que le causaba su herencia, pero abrazó al más frágil de sus hijos y lo defendió de la voluntad de los fuertes. Soportó con estoicismo los reveses de la historia, pero los reveses de la herencia los soportó con un estoicismo aún mayor; una entereza que nosotros, sus descendientes, solo podemos tener la esperanza de emular. A ella le dedico este libro.

Aquí pueden leerse las primeras páginas de El gen. (Y aquí, las de El emperador de todos los males.)

Más información:

Siddhartha Mukherjee: Pronto curaremos enfermedades con una célula, no con pastillas | Charla TED

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Web de Mukherjee: siddharthamukherjee.com

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César Hidalgo: El triunfo de la información

El físico chileno César Hidalgo (@cesifoti) es profesor asociado de Media Arts and Sciences en el MIT y dirige el grupo de Aprendizaje Colectivo dentro del famoso Media Lab, donde su trabajo se centra en mejorar la comprensión de los sistemas mediante el uso y el desarrollo de conceptos relacionados con la complejidad, la evolución y el análisis de redes, con el objetivo de ayudar a entender mejor el proceso de evolución de la prosperidad y así contribuir al desarrollo de políticas industriales que puedan ayudar a los países a elevar el nivel de vida de sus ciudadanos.

César Hidalgo, autor de «El triunfo de la información»
César Hidalgo, autor de «El triunfo de la información»

La editorial Debate acaba de publicar en España su libro El triunfo de la información (escrito originalmente en inglés con el título de Why Information Grows), en el que Hidalgo trata de alcanzar una nueva definición del concepto de crecimiento económico que trascienda las ciencias sociales y preste más atención a la ciencia de la información, las redes y la complejidad que ambas suponen. Así lo explica él mismo al comienzo de su libro:

El universo está compuesto de energía, materia e información, pero es esta última la que lo hace interesante. Sin ella, el universo sería una sopa amorfa. Carecería de las formas, las estructuras, los órdenes aperiódicos y las disposiciones fractales que le dotan tanto de su belleza como de su complejidad.

Pero la información escasea. Se oculta en rincones desde donde combate el inexorable avance del universo hacia el desorden: el aumento de la entropía. Este libro trata del crecimiento de la información y de los mecanismos que le permiten crecer a pesar de la entropía. Entre estos se cuentan los procesos naturales que hacen que se origine, así como los mecanismos sociales y económicos que contribuyen a su crecimiento acelerado en la sociedad. Esta obra trata pues del crecimiento de la información —el crecimiento del orden físico— que hace que nuestro planeta sea excepcional, rico y dispar, de los átomos a las economías.

Buena parte del libro se centrará en nuestro planeta y en nuestra especie. El motivo para ello es que, desde una perspectiva cósmica, la Tierra es un lugar especial. Sabemos de muchos lugares en el universo que concentran más materia y energía que nuestro planeta, pero no conocemos ninguno con una mayor concentración de información. Las estrellas de neutrones son tan densas que una cucharada de ellas pesa más que el Empire State. Los agujeros negros son tan masivos que retuercen la geometría del espacio. La energía también es extraordinariamente abundante en los miles de millones de estrellas que iluminan nuestra galaxia, pero no lo es tanto en nuestro planeta. Así pues, lo que hace que la Tierra sea especial no es una singularidad de materia o energía, sino una singularidad de información: ella es a la información lo que un agujero negro es a la materia y una estrella a la energía. Nuestro planeta es el lugar donde la información se concentra, crece y se oculta en un universo que por lo demás es inhóspito.

Pero ¿de dónde proviene la información? ¿Por qué se concentra en nuestro planeta, y cómo la vida favorece su crecimiento? ¿Cuáles son los mecanismos sociales y económicos que facilitan el crecimiento de la información en la sociedad? ¿Por qué nuestra capacidad de acumular información depende de la información que ya hemos acumulado? ¿Y cómo el crecimiento de la información afecta nuestras disparidades económicas y sociales?

En las páginas siguientes aprenderemos qué es la información, de dónde procede y por qué crece. Aprenderemos sobre los mecanismos naturales, sociales y económicos que contribuyen a que la información se rebele contra la entropía. Aprenderemos sobre los mecanismos que ayudan a que la información triunfe en pequeñas batallas, imponiéndose, estoica, en la única verdadera guerra que se libra en el universo: la que enfrenta al orden contra el desorden, la entropía contra la información.

Pero Hidalgo no ha parado ahí: este 2017, publicó online (en inmyshoes.info) los ocho episodios que componen la primera temporada de una especie de reality show sobre su vida tanto personal como profesional como «científico de la complejidad»:

Con In My Shoes, Hidalgo quiere dejar claro que la realidad cotidiana de alguien como él tiene muy poco que ver con la imagen estereotipada que mucha gente tiene de un científico:

Siempre buscando nuevos retos, Hidalgo ya se plantea rodar una segunda temporada usando tecnología de realidad virtual, tal y como cuenta en este episodio del podcast El Método, del periodista español afincado en Nueva York Luis Quevedo:

 

Más información:

El triunfo de la información. La evolución del orden, de los átomos a las economías

Fragmento inicial del libro

Web de César Hidalgo

Web de In My Shoes

César Hidalgo en Wikipedia (en inglés)