Carlos Magdalena, el mesías de las plantas

En este libro de viajes y aventuras, el conservador estrella de los Jardines Botánicos de Kew, en Londres –uno de los más importantes del mundo–, el español Carlos Magdalena, relata sus experiencias en algunos de los rincones más remotos de la tierra a los que ha viajado con la misión de rescatar, clasificar y preservar las especies más exóticas del planeta. El mesías de las plantas es la historia de un hombre extraordinario que dedica su vida a rescatar las especies más extraordinarias del mundo vegetal.

El mesías de las plantas habla con el cazador de cerebros, Pere Estupinyà, en el Real Jardín Botánico de Madrid.

En 1980, un niño descubrió el último ejemplar de una variedad de arbusto llamada Ramosmania rodriguesii, también conocida como café marrón. Antiguamente florecía en abundancia en el archipiélago de Mauricio, pero hoy se encuentra en peligro de extinción y corre el riesgo de desaparecer para siempre. Sólo un puñado de hombres y mujeres se atreverían a arrancarle un esqueje, plantarlo en un entorno más seguro y recolectar las semillas que pudiera producir. El asturiano Carlos Magdalena es una de esas personas. De ahí que lo llamen «el mesías de las plantas».

En 2010, Pablo Tuñón, periodista de La Nueva España, lo bautizó de ese modo en un artículo. El sobrenombre se popularizó con rapidez y los medios de comunicación empezaron a hacerse eco no tanto del alias como del trabajo que su dueño realizaba: salvar plantas al borde de la extinción.

«Si no pueden producir semillas para asegurar su supervivencia, porque sus poblaciones están muy fragmentadas o esquilmadas o las supervivientes apenas tienen un hilo de vida, necesitan que alguien alce la voz por ellas. Necesitan que alguien diga: “No voy a tolerar la extinción”. Alguien que comprenda la ciencia de las plantas y que defienda apasionadamente su causa, utilizando todos los medios posibles para garantizar su supervivencia».

Carlos Magdalena está dedicando su vida a recorrer el mundo a la búsqueda de los últimos ejemplares de todas las plantas cuya población haya sido diezmada por la acción del hombre. Cuando los encuentra, trata de conseguir alguna semilla, que planta de inmediato en el jardín botánico donde trabaja, creando las condiciones necesarias para que los retoños prosperen.

«Carlos Magdalena, el resucitador de las plantas olvidadas» (artículo en El País Semanal)

Su trabajo es de una importancia capital para el futuro del planeta e incluso para la evolución de la ciencia médica. Cada uno de los ejemplares que él protege tiene un potencial transformador enorme y contiene en su código genético parte de la historia de la Tierra. Cada vez que impide que una de esas plantas se extinga, nos proporciona un rayo de esperanza respecto a nuestro propio futuro.

El mesías de las plantas cuenta las andanzas de Magdalena en sus viajes a la búsqueda de especies en peligro de extinción, pero también nos invita a reflexionar sobre el colonialismo botánico que llevamos más de un siglo imponiendo en el planeta. Porque, ¿acaso alguien cree que los incendios que arrasan el norte de España no guardan relación con la erradicación de la flora autóctona en aras de una vegetación más productiva? Del mismo modo, cada vez que echamos cemento sobre la tierra, estamos aplastando el hábitat de algunas plantas que tal vez no vuelvan a crecer, y cuando introducimos una nueva especie animal en una isla (por ejemplo, cabras) corremos el riesgo de que se coma toda la flora, incluso la que no florece en otras regiones.

«Las plantas son la clave del futuro del planeta –para nosotros y para nuestros hijos-; sin embargo, cada día, miles de millones de personas las dan por supuestas y con frecuencia desprecian sus beneficios. Su ignorancia e indiferencia me frustran y a veces me indignan».

Magdalena nos invita a reflexionar sobre estos y otros asuntos –las patentes farmacéuticas, la biopiratería, la burocracia botánica, etc.– en un libro de viajes y aventuras que nos ayudará a comprender que cada planta es un organismo vivo que necesita de nuestra colaboración para sobrevivir y que, en agradecimiento, nos compensa asegurando el correcto funcionamiento del ecosistema.

«Lo más importante con las plantas es la obsesión y la pasión; si no la tienes, no vas a ningún sitio. Si te ciñes a las técnicas tradicionales, nunca sobrepasarás los límites ni harás descubrimientos. Tienes que obsesionarte para avanzar».

Carlos Magdalena presentó El mesias de las plantas en Efecto Doppler de Radio 3
Carlos Magdalena presentó El mesías de las plantas en Efecto Doppler de Radio 3

Carlos Magdalena nació en Gijón en 1972. Sus padres –en especial, su madre– le inculcaron el amor a las plantas, haciéndole ver los problemas que la deforestación y la sustitución de especies autóctonas habían provocado en Asturias.

«Una de las consecuencias es que hoy en día, sin muchos cambios en lo que a política forestal se refiere y con más pinos y eucaliptos que nunca, España se incendia todos los veranos (y últimamente también todos los otoños)».

La pasión de sus padres por el ecosistema y la fascinación que Carlos sintió por el programa de Félix Rodríguez de la Fuente hicieron de él un amante de la naturaleza desde una edad muy temprana, como demostró al identificar su primera una Drosera rutundifolia (rocío de sol común) y al plantar su primer injerto (kiwi) con tan solo diez años.

Con todo, la vida le llevó a montar un bar con unos amigos y a trabajar posteriormente en Agenda 21, un plan internacional para mejorar la calidad medioambiental de las ciudades. Hasta que un día, a la edad de 28 años, decidió hacer el petate y mudarse a Londres, donde quedó fascinado con la belleza del Real Jardín Botánico de Kew. La vegetación de aquel lugar le hizo desear trabajar allí y, tras mostrar su vehemencia ante el jefe de personal, consiguió una plaza como becario.

«Kew aloja las colecciones botánicas y micológicas (de hongos) más grandes y diversas del mundo. Esto incluye unos siete millones de especímenes de plantas secas en el herbario; una colección de más de 19.000 especies de plantas vivas en los jardines de Wakehurst Place; 1,25 millones de especímenes fúngicos secos en el fungario; más de 150.000 transparencias de cristal que muestran en detalle la micromorfología de las plantas; 95.000 especímenes y objetos de etnobotánica y de botánica económica, que ponen de manifiesto el alcance del uso humano de las plantas; el banco de ADN y tejidos de plantas silvestres más grande del mundo (con 50.000 muestras de ADN, que representan más de 35.000 especies), y más de 2.000 millones de semillas (de unas 35.000 especies) en el Millennium Seed Bank».

Poco a poco, Carlos Magdalena fue ascendiendo en el organigrama del jardín botánico, hasta conseguir que le asignaran la labor de viajar por el mundo a la búsqueda de los últimos ejemplares de especies en peligro de extinción.

Estas son algunas de las especies en peligro de extinción que han marcado la carrera de Carlos Magdalena:

Ramosmania rodriguesii-IMG 7087Ramosmania rodriguessi (café marrón): Esta planta ha vertebrado la carrera profesional de Carlos Magdalena. Viajó a la isla Rodrigues (Mauricio) para conseguir un esqueje que asegurara su supervivencia. Para conseguir que las semillas prosperaran, tuvo que aplicar técnicas experimentales que, en caso de no funcionar, podrían haberle hecho perder el puesto de trabajo.

«El autor explicaba que durante cuarenta años se había supuesto que la planta, que solo se da en la isla Rodrigues, estaba extinta, hasta que un niño la había encontrado por casualidad. Kew había logrado que prosperaran varios esquejes de ella, que estaban dando abundantes flores, pero estas no producían semillas nunca, por lo que técnicamente seguiría extinta en un futuro no muy lejano. Las semillas eran lo único que podía garantizar su supervivencia a largo plazo en la naturaleza».

Hyophorbe lagenicaulis FHyophorbe amaricaulis («el organismo más solitario del mundo»): Esta especie tiene la historia más triste de la Historia de la Botánica. Sólo queda un espécimen en todo el mundo y se encuentra en el Jardín Botánico de Curepipe (Mauricio). Nadie sabe si alguien lo plantó allí o si es una reliquia de la vegetación original. Hacia el siglo XVIII estuvo muy extendida por la isla, pero hoy sólo queda ese ejemplar al que los expertos denominan «el organismo más solitario del mundo».

«Se la conoce como ‘el organismo más solitario del mundo’, aunque nunca ha sido tan famosa como el Solitario George, la última tortuga que queda en isla Pinta, en las Galápagos, que estuvo sola durante cuarenta años antes de morir».

Carlos Magdalena - Nymphaea thermarum

Nymphaea thermarum (nenúfar africano): Carlos Magdalena siempre ha sentido predilección hacia los nenúfares. En su Asturias natal, disfrutaba observándolos y experimentando con ellos. Ya en su carrera profesional, consiguió cultivar una especie africana (Nymphaea thermarum) que, pese a dar semillas, nunca prosperaba. Magdalena descubrió que el problema estaba en la incapacidad de la planta para absorber CO2.

«La suerte de la Nymphaea thermarum me preocupó durante varias semanas. No me la podía quitar de la cabeza, y me devanaba los sesos pensando en cómo podría descifrar el código que me conduciría a una receta para cultivar esta planta. Me negaba a aceptar que esta especie no tardaría en extinguirse y que no llegaría un momento en el que habría más material con el que trabajar. Tenía que hacer algo».

Peter Godfrey-Smith: Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia

En una rama muy distante de la nuestra en el árbol evolutivo de las especies existe otra mente muy desarrollada: la de los cefalópodos. Pero, ¿qué clase de inteligencia poseen estos animales? ¿Cómo desarrolló tal inteligencia el pulpo, criatura de escasa vida social y longevidad de apenas dos años?

A dar respuesta a preguntas como estas lleva años dedicado Peter Godfrey-Smith, profesor de filosofía en la City University of New York, así como profesor de historia y filosofía de la ciencia en la universidad de su Sídney natal, donde se dedica principalmente a la filosofía de la biología y a la filosofía de la mente, y en particular a la intersección entre ambas.

Peter Godfrey-Smith - Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia
Más información sobre el libro, aquí.

De hecho, al margen de su actividad como filósofo, Godfrey-Smith es un aficionado al buceo, y desde hace años dedica gran parte de su tiempo a realizar inmersiones junto a la costa australiana, en una región al sur de Sídney donde se encuentra «Octópolis», así llamada por la cantidad de jibias, pulpos y calamares que viven allí abajo, sobre un lecho de conchas marinas depositado a lo largo probablemente de décadas. (El año pasado se descubrió otra zona de características similares, a la que se dio el nombre de «Otlantis», jugando con la palabra inglesa para pulpo, octopus, y para la mítica isla de Atlántida, Atlantis.)

Los pulpos, así como las jibias y los calamares, están dotados de sistema nervioso complejo, lo cual los emparenta con los seres humanos. De alguna manera, los octópodos son un «experimento independiente de la evolución» que arrancó hace 600 millones de años, cuando apenas eran unos gusanos de escasos milímetros de longitud. El paso del tiempo los dotó de un cerebro en cuyo interior brillan 500 millones de neuronas (el ser humano cuenta con 100.000 millones) y los convirtió en la especie más inteligente de las profundidades marinas.

Tanto es así que el buceador puede aproximarse a ellos y detectar, quizá no un brillo inteligente en su mirada, pero sí un comportamiento que le incitará a pensar que se encuentra ante un animal que no sólo puede comunicarse, sino que disfruta haciéndolo.

En palabras de Peter Godfrey-Smith, los octópodos son lo más parecido a un extraterrestre que podemos encontrar en nuestro planeta y nos ayudan a comprender mucho mejor el funcionamiento de la naturaleza.

An octo reacts to the news that Other Minds is a New York Times “Editor’s Choice”. #fsgbooks #octopus #othermindsbook

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En Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia, recientemente publicado por Taurus en España, Godfrey-Smith trata de responder a las preguntas con las que lleva años fascinado. Para ello, se remonta a los orígenes de la vida, que muy probablemente apareció por primera vez en un entorno acuoso como el que aún habitan los pulpos, y hace un recorrido por la evolución y el desarrollo de la mente en estos animales que arroja nueva luz sobre la comprensión de nuestra propia mente.

Extrañamente, los cefalópodos viven muy poco tiempo (dos años), lo que resulta harto curioso, ya que no parece tener sentido que la naturaleza haya invertido tanta energía en crear un sistema nervioso complejo, así como un cerebro desarrollado, en un animal que morirá rápidamente. La única respuesta que encuentra Peter Godfrey-Smith a esta paradoja es la vulnerabilidad de los pulpos. Son animales que pueden morir con facilidad, dado que su cuerpo no presenta grandes estrategias de defensa. En palabras del autor: «La duración de la vida de los diferentes animales se establece en función de su riesgo de muerte por causas externas, de lo rápidamente que puedan alcanzar la edad reproductiva y de otras características de su estilo de vida y de su ambiente».

En YouTube es posible encontrar vídeos de Octópolis, grabados por el propio autor:

Más información:

Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia | megustaleer (aquí puede leerse el fragmento inicial)

Peter Godfrey-Smith | Wikipedia

Peter Godfrey-Smith | Universidad de Sídney

Ed Yong y los microbios que nos habitan: Yo contengo multitudes

El periodista británico Ed Yong, uno de los divulgadores científicos más importantes del momento, llega a nuestras librerías con uno de los ensayos más aplaudidos por los medios de comunicación anglosajones a lo largo de todo el 2016: Yo contengo multitudes.

El mismísimo Bill Gates aseguró que este libro supondría un antes y un después en nuestra forma de ver a los microbios que colonizan a diario nuestros cuerpos:

«Después de leer el interesantísimo libro Yo contengo multitudes del periodista británico Ed Yong, veo los microbios con una mirada diferente y hablo de ellos con nuevos términos. […] Yong sintetiza literalmente cientos y cientos de páginas, sin abrumarte nunca con la ciencia. Tan solo imparte una visión fascinante y sorprendente detrás de otra. Yo contengo multitudes es el mejor periodismo científico.»

De hecho, Gates quiso hablar con Yong sobre su libro:

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Bill Gates: Aquí en la fundación trabajamos contra las enfermedades infecciosas, y en las reuniones la gente dice: «Ah, ¿afectó a esto las bacterias intestinales? O ¿hay bacterias en este insector?»

A Sue, que es la directora ejecutiva de la fundación, encontró este libro y vino y me dio una copia. «Esto realmente muestra el panorama de este asombroso fenómeno de cómo los microbios son una parte esencial de todas las formas de vida.»

Ed Yong: Así es. Fui a un centro libre de gérmenes donde crían ratones en burbujas estériles. Esos ratones no contienen multitudes, no han visto bacterias en su vida. Y por ese motivo sus cuerpos hacían cosas inesperadas, como que sus huesos y sus vasos sanguíneos no se desarrollan adecuadamente si no reciben las señales microbiales correctas.

Bill Gates: Una cosa en la que trabajamos y que tú describes es esta idea de que la Wolbachia vive dentro de los insectos. Y, en el caso del mosquito Aedes Aegypti, puede de hecho reducir su capacidad como portador de enfermedades.

Ed Yong: La idea de que podamos ser capaces de controlar todas estas enfermedades implantando Wolbachia en el mosquito Aedes Aegypti me parece sencillamente asombrosa. Y, cuando se descubrió, la Wolbachia fue ignorada. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la gente se dio cuenta del potencial que tenía para influir en la salud humana de una manera tan positiva.

El microbioma es muy parecido. Ha sido ignorado durante mucho y solo recientemente se ha empezado a valorar.

Bill Gates: Creo que lo último que habría esperado que tuviese conexión con el microbioma es una enfermedad neurológica como el Parkinson.

Ed Yong: Hay muchos vínculos interesantes entre el microbioma en el intestino y el cerebro y nuestro comportamiento. Creo que el microbioma proporciona este tejido conectivo que conecta todos nuestros sistemas de órganos entre sí, y que influye en cómo pensamos y cómo nos comportamos.

La idea de que organismos que son microscópicos alteren la manera en que pensamos resulta profundamente desazonante. Pero es lo que hay.

Bil Gates: Y el hecho de que no se descontrole. Mi parece asombroso lo complejo que es el microbioma y no me lo habría esperado.

Ed Yong: Sí, totalmente. Esta es la visión más amplia de la vida que quería transmitir con mi libro. El hecho de que tú y yo estamos aquí como dos individuos, pero en realidad somos dos mundos enteros.

Bill Gates: Gracias, Ed. Ha sido estupendo tenerte aquí.

Ed Yong: Gracias por invitarme. Ha sido estupendo.

Porque Yo contengo multitudes habla de ellos, de los microbios, o mejor dicho, de los miles de millones de microbios que pueblan nuestro organismo. De hecho, sólo en nuestro intestino hay más microbios que galaxias en el firmamento. Y, aunque la imagen pueda resultar desagradable a los más quisquillosos, lo cierto es que todos esos microbios (incluyendo bacterias, hongos, arqueas y virus) viven en simbiosis con nosotros. «Cada uno de nosotros es un zoológico de nuestra propiedad, una colonia encerrada dentro de un solo cuerpo –dice Ed Yong–. Un colectivo multiespecies. Todo un mundo.»

Ed Yong, Yo contengo multitudes | Por amor a la ciencia

Estos microscópicos y multitudinarios compañeros vitales no solo moldean nuestros órganos, nos protegen de enfermedades e influyen en nuestro comportamiento, sino que resultan clave a la hora de entender el funcionamiento de la vida. Los microbios cooperan con nuestro organismo contribuyendo al almacenamiento de grasa, al revestimiento del intestino y la piel, a la protección de la barrera hematoencefálica y, entre muchísimas cosas más, al desarrollo de nuestros órganos vitales. Porque cada animal, ya sea un ser humano o una coral, es un ecosistema en sí mismo cuyos integrantes negocian para asegurar la supervivencia del huésped. Esos compañeros de viaje tienen intereses comunes, pero también entran en conflicto, y son sus anfitriones quienes deben controlarlos y mantenerlos a raya ofreciéndoles el alimento adecuado, confinándolos en tejidos específicos o colocándolos bajo vigilancia inmunitaria. En otras palabras, para que nuestro microbioma nos proteja, nosotros debemos protegerlo a él.

Es más, los microbios no sólo viven en comunión con nosotros, sino que nos protegen de enfermedades, nos definen como individuos e incluso influyen en nuestro comportamiento.

A lo largo de este otoño que acaba de empezar, Yong publicará en su canal en YouTube una serie de vídeos sobre el fascinante mundo de los microbios. Este es el primero:

Ver transcripción completa en español

Ed Yong: Hola. Soy Ed Yong. Soy escritor científico y me gustaría mostraros un mundo que me fascina: el mundo de los microbios.

Hace poco escribí un libro sobre los microbios y los científicos que los estudian.

Locutor 1: Los dedicados científicos se enfrentan al desafío.

Ed Yong: Y ahora he colaborado con unos cineastas para crear vídeos sobre cómo el mundo natural que vemos está influido profundamente por un mundo que no podemos ver.

Los microbios son importantes. Normalmente, los hemos ignorado; a menudo, los hemos temido; ahora, ha llegado el momento de apreciarlos.

Locutor 1: ¡Eso es!

Ed Yong: Os voy a mostrar qué aspecto tienen realmente, cómo es en realidad el mundo animal, y cómo resulta mucho más maravilloso cuando lo observamos como el mundo de colaboraciones que realmente es.

Una hiena, por ejemplo, puede informar a otras hienes sobre su edad, su sexo y su estatus social a través de olores que las bacterias la ayudan a crear. Y lo mismo sucede con los tejones, los murciélagos y los elefantes.

Todos estos animales pueden utilizar microbios para decirles a los demás quién son. Puede que los microbios sean diminutos, pero tienen un efecto profundo sobre nuestras vidas.

La mayoría de nosotros veíamos las bacterias como gérmenes, como bichos malos, a pesar de que solo unos pocos cientos de variedades se sabe que provocan enfermedades. La inmensa mayoría de ellas son inocuas, o incluso beneficiosas.

Solo tenemos que mirarnos al espejo. Nuestra cara, nuestra piel, nuestra boca están cubiertas de jardines de microbios que impiden que nos colonicen especies más peligrosas.

Nuestro intestino acoge miles de especies más, que digieren la comida por nosotros. O quizá somos nosotros quienes digerimos su comida en su lugar.

En total, en mi cuerpo hay al menos tantas células microbiales como células nativas humanas, lo que significa que, en el mejor de los casos, soy solo la mitad de la persona que creo ser, si es que soy yo el que piensa.

Soy Ed Yong. Bienvenidos al mundo de los microbios. Permaneced atentos a estos vídeos que iremos publicando, prestad atención, observad con atención y dejad que os cuente qué es lo que mueve realmente la vida en la Tierra.

Mi nombre es Ed Yong y yo –quiero decir, nosotros, mis multitudes y yo– aprobamos este mensaje.

El autor

Ed Yong es un aclamado divulgador científico que cuenta con más de 101.000 seguidores en Twitter y escribe para The Atlantic. Su blog personal, Not Exactly Rocket Science, está patrocinado por National Geographic, y sus artículos han aparecido en The New Yorker, The New York Times, Nature, New Scientist, Scientific American, The Guardian, The Times, Discover y Slate, entre muchas otras. Actualmente reside en Londres.

El libro

En Yo contengo multitudes Ed Yong nos abre los ojos y nos invita con su erudición y sentido del humor a mirarnos como algo más que individuos: como receptáculos interdependientes de los microbiomas que conforman todos los seres vivos.

Así, descubriremos la asombrosa e invisible ciencia detrás de los gigantescos arrecifes que construyen los corales, aprenderemos cómo ciertos calamares crean juegos de luces, y veremos el modo en que las bacterias pueden alterar nuestra respuesta en la lucha contra el cáncer, manipular nuestro sistema inmunológico, influir en nuestra evolución e incluso modificar nuestro genoma.

Más información sobre Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una mayor visión de la vida

Empezar a leer un fragmento.

Alan Weisman: ¿Somos demasiados para el planeta?

Alan Weisman lleva años preocupado por la complicada relación de la especie humana con el planeta que nos da cobijo. En su libro anterior, el bestseller internacional El mundo sin nosotros, se planteaba cómo haría el planeta para recuperarse de la presión constante a la que la humanidad en su conjunto lo somete si esta desapareciera de la faz de la Tierra.

Detrás de ese experimento mental, latía la esperanza de que los humanos pudiésemos encontrar la manera de reincorporarnos al planeta en armonía con el resto de la naturaleza, y no en el perpetuo antagonismo en el que parece que vivimos ahora. Pero no parece que ese sea un escenario probable a corto plazo. Más bien al contrario: cada cuatro días y medio, la población mundial aumenta en un millón de personas, lo que hace que aumente aún más la presión sobre los limitados recursos de nuestro planeta.

Esta cifra (combinada con nuestro desaforado apetito energético) le causó a Weisman tal impresión que le llevó de hecho a embarcarse en el periplo que acabaría dando lugar a su nuevo libro, La cuenta atrás.

Weisman condensa sus inquietudes en cuatro preguntas, tan fundamentales como difíciles de responder:

1. ¿Cuánta gente puede albergar realmente la Tierra?

2. Si, para asegurar la supervivencia humana, tenemos que evitar que la población mundial crezca por encima de los 10.000 millones —o incluso reducirla por debajo de los 7.000 millones que ya ha alcanzado—, ¿existe una manera aceptable y no violenta de convencer a la gente de todas las culturas, religiones, nacionalidades, tribus y sistemas políticos del mundo de que redunda en su propio interés hacerlo?

3. ¿Qué tipo de ecosistema se requiere para mantener la vida humana, y qué especies o procesos ecológicos son esenciales para nuestra supervivencia?

4. Si una población sostenible para la Tierra resulta ser menor que los más de 10.000 millones hacia los que nos encaminamos, o incluso menor que los 7.000 millones que ya sumamos, ¿cómo diseñamos una economía de cara a una población menguante y luego de cara a una población estable; esto es, una economía que pueda prosperar sin depender de un crecimiento constante?

Para encontrar respuestas, Weisman viajó a 21 países. Entre ellos, Pakistán, un territorio del tamaño del estado de Texas cuya población a mitad de siglo superará la de todo Estados Unidos; Filipinas, donde demasiados pescadores tienen dificultades para extraer de unos mares cada vez más esquilmados el alimento para sus familias, al tiempo que sus aguas se elevan e invaden los terrenos cultivados; o Níger, el país con la tasa de fertilidad más elevada del mundo, donde cada mujer tiene como media entre siete y ocho hijos; y, en el extremo opuesto, Italia y Japón, donde esa tasa no es ni siquiera suficiente para evitar el decrecimiento de la población.

[A partir del minuto 10:30, entrevista con Weisman en el programa Coordenadas, de Radio Nacional de España; 10 de abril de 2014]

Uno de los casos de éxito más esperanzadores (y sorprendentes, particularmente para muchos occidentales) es el de Irán, donde un programa de planificación familiar voluntario (basado en la difusión y distribución de diversos métodos anticonceptivos a todos los rincones del país con el beneplácito de las autoridades islámicas y, en particular, del que Weisman considera el mejor de todos: la educación femenina) permitió controlar el crecimiento de la población (que llegó a ser el más elevado de todo el mundo durante los años 80, en plena guerra contra su vecino Irak, cuya superioridad tecnológica los iraníes solo podían contrarrestar con cuerpos humanos) aún más rápido que la política obligatoria de hijo único impuesta por el gobierno chino contra la voluntad de buena parte de su población.

Más noticias sobre Weisman:

Entrevista a Weisman en A vivir que son dos días, de la Cadena SER (12 de abril de 2014)

Alan Weisman: “Si queremos salvar el mundo, no podemos tener más de un hijo (o dos) por pareja” (El Confidencial, 8 de abril de 2014)

Alan Weisman: “Si no reducimos la población, la naturaleza lo hará por nosotros” (El Periódico, 20 de abril de 2014)

Sus libros:

La cuenta atrás

Un pueblo llamado gaviotas

El mundo sin nosotros

Countdown (sitio web del libro en inglés)

Edward O. Wilson, el rey de las hormigas

En este vídeo de la serie Diarios de escritorio, del programa Science Friday, el biólogo Edward O. Wilson, que acaba de publicar en español sus Cartas a un joven científico (Debate, 2014), nos abre las puertas de su despacho en la Universidad de Harvard (donde guarda su miniatura de Charles Darwin, a quien recurre en busca de apoyo moral) y nos lleva a visitar la mayor colección de hormigas del mundo, con alrededor de un millón de especímenes.

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Me llamo Edward O. –una inicial intermedia– Wilson, y algunos me conocen como E. O. Wilson. Los biólogos sabemos que “eo” significa “primitivo”, como el Eoceno. Así que supongo que hay gente que cree que soy el Wilson primitivo. Pero da igual…

Aquí estoy, en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard. Y este es mi escritorio, que está hecho un desastre. Pero dicen que eso es signo de una mente activa.

Cumpliré 83 en junio, pero no me siento mayor porque, solo en el último año, he trabajado en Ecuador, Mozambique y en el país insular de Vanuatu estudiando a las hormigas. Un montón de especies nuevas.

Aunque no lo crean, llegué a las hormigas a los 9 años. Me atrajeron porque eran muy pequeñas, en parte porque solo veo con un ojo. Tuve un accidente de pesca, y me cuesta detectar cosas en la distancia, o mediante paralaje. Pero, una vez que me interesé por las hormigas, ya no pude dejarlo. Porque siempre me ha gustado aprender cosas nuevas. Y, por suerte, esto dio pie a una carrera científica de más de 60 años, estudiando las hormigas.

Conocemos 14.000 especies de hormigas, y yo he estudiado bastantes de ellas. De hecho, he descubierto y les he dado nombre, un nombre en latín, a 450 especies. Esta es la mayor colección del mundo. Tenemos alrededor de un millón de especímenes. Trabajando en un museo como este, descubrir una nueva especie no es nada especial. De hecho, es casi un engorro… Pero ¿es posible hacer ciencia, buena ciencia, sin que tenga sus buenos ratos de tedio?

Cuando estudié la clasificación y la distribución de las hormigas, se me ocurrieron ideas y principios sobre el origen de la condición humana. No creo que esto sea un avance como los de Einstein, ni como los de la mecánica cuántica. Para mí, es de sentido común. Pero he vivido dos episodios durante los que un número importante de colegas –¿cómo decirlo?– se han sentido molestos. El primero fue el de la Sociobiología, que solo decía que los seres humanos poseemos una naturaleza, que tenemos instintos. En los años 70, como pude comprobar, decir algo así no era muy popular entre las ciencias sociales. De hecho, las socias sociales sostenían en general que todo venía determinado por la cultura, la historia y las circunstancias y en entorno en el que las personas crecían. Eso era manifiestamente erróneo, incluso en aquella época.

Pero el segundo episodio es mucho más reciente, y tiene que ver con la selección de parentesco, y con nuevas maneras de explicar el origen del altruismo. En particular, después de una reunión con los dos matemáticos con los que trabajaba, me dirigí a Darwin y le dije: ¿Estás de acuerdo con todo lo que hemos decidido? Eso mejoró mucho nuestra moral.

Schopenhauer lo dijo perfectamente: Toda verdad primero se ridiculiza; luego, se rechaza airadamente; y, finalmente, se acepta diciendo: “Bueno, esto era algo que ya sabíamos desde el principio”. Yo diría que ahora mismo estamos en pleno rechazo airado. Aunque he visto que algunos están pasando a la siguiente fase. Si es así como se resuelve el asunto, por mí estupendo.

Esto es un violín rústico.

Vamos a perder mucha de esta biodiversidad. Es casi inevitable. Pero espero que despertemos pronto.

No creo que yo distinto de ninguna otra persona, es solo que, probablemente, he estudiado la biodiversidad más que la mayoría de la gente. He estado en más sitios del mundo con bosques y floras ricos y fascinantes, y también soy consciente del tremendo valor que un entorno natural y sin corromper tiene para que los humanos entendamos cómo somos, e incluso para nuestro amor propio.

Hace poco visité en la isla de Nueva Caledonia, y estuvimos en el bosque de araucarias, una jungla ancestral, del Jurásico, algo genuino. Y me dije: esto es lo que debemos salvar para el futuro de la humanidad, para nuestro espíritu, para poder maravillarnos de lo que aún existe a nuestro alrededor. Eso va más allá de cualquier cosa que podamos inventar.

También en Por amor a la ciencia: Edward O. Wilson: consejos para jóvenes científicos

Libros de E. O. Wilson en la biblioteca de Por amor a la ciencia:

Cartas a un joven científico (Debate, 2014)

La conquista social de la Tierra (Debate, 2012)

Mireya Mayor, una exploradora nata

Mireya Mayor es primatóloga, especializada en los lemures de Madagascar, y también aparece habitualmente en el canal de televisión de National Geographic, donde comparte su amor por la naturaleza. Pero lo que es más curioso e inesperado es que, en un pasado no muy lejano, Mireya fue también animadora del equipo de los Miami Dolphins de NFL, la liga estadounidense de fútbol americano, algo que ella ve perfectamente compatible con su carrera científica, como explica en este vídeo de la serie “The Secret Life of Scientists and Engineers” [“La vida secreta de los científicos y los ingenieros”]. Cada episodio de la serie muestra cómo es la vida de un científico cuando se quita la bata del laboratorio. (El vídeo está subtitulado en inglés y en español.)

Transcripción

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