Alan Weisman: ¿Somos demasiados para el planeta?

Alan Weisman lleva años preocupado por la complicada relación de la especie humana con el planeta que nos da cobijo. En su libro anterior, el bestseller internacional El mundo sin nosotros, se planteaba cómo haría el planeta para recuperarse de la presión constante a la que la humanidad en su conjunto lo somete si esta desapareciera de la faz de la Tierra.

Detrás de ese experimento mental, latía la esperanza de que los humanos pudiésemos encontrar la manera de reincorporarnos al planeta en armonía con el resto de la naturaleza, y no en el perpetuo antagonismo en el que parece que vivimos ahora. Pero no parece que ese sea un escenario probable a corto plazo. Más bien al contrario: cada cuatro días y medio, la población mundial aumenta en un millón de personas, lo que hace que aumente aún más la presión sobre los limitados recursos de nuestro planeta.

Esta cifra (combinada con nuestro desaforado apetito energético) le causó a Weisman tal impresión que le llevó de hecho a embarcarse en el periplo que acabaría dando lugar a su nuevo libro, La cuenta atrás.

Weisman condensa sus inquietudes en cuatro preguntas, tan fundamentales como difíciles de responder:

1. ¿Cuánta gente puede albergar realmente la Tierra?

2. Si, para asegurar la supervivencia humana, tenemos que evitar que la población mundial crezca por encima de los 10.000 millones —o incluso reducirla por debajo de los 7.000 millones que ya ha alcanzado—, ¿existe una manera aceptable y no violenta de convencer a la gente de todas las culturas, religiones, nacionalidades, tribus y sistemas políticos del mundo de que redunda en su propio interés hacerlo?

3. ¿Qué tipo de ecosistema se requiere para mantener la vida humana, y qué especies o procesos ecológicos son esenciales para nuestra supervivencia?

4. Si una población sostenible para la Tierra resulta ser menor que los más de 10.000 millones hacia los que nos encaminamos, o incluso menor que los 7.000 millones que ya sumamos, ¿cómo diseñamos una economía de cara a una población menguante y luego de cara a una población estable; esto es, una economía que pueda prosperar sin depender de un crecimiento constante?

Para encontrar respuestas, Weisman viajó a 21 países. Entre ellos, Pakistán, un territorio del tamaño del estado de Texas cuya población a mitad de siglo superará la de todo Estados Unidos; Filipinas, donde demasiados pescadores tienen dificultades para extraer de unos mares cada vez más esquilmados el alimento para sus familias, al tiempo que sus aguas se elevan e invaden los terrenos cultivados; o Níger, el país con la tasa de fertilidad más elevada del mundo, donde cada mujer tiene como media entre siete y ocho hijos; y, en el extremo opuesto, Italia y Japón, donde esa tasa no es ni siquiera suficiente para evitar el decrecimiento de la población.

[A partir del minuto 10:30, entrevista con Weisman en el programa Coordenadas, de Radio Nacional de España; 10 de abril de 2014]

Uno de los casos de éxito más esperanzadores (y sorprendentes, particularmente para muchos occidentales) es el de Irán, donde un programa de planificación familiar voluntario (basado en la difusión y distribución de diversos métodos anticonceptivos a todos los rincones del país con el beneplácito de las autoridades islámicas y, en particular, del que Weisman considera el mejor de todos: la educación femenina) permitió controlar el crecimiento de la población (que llegó a ser el más elevado de todo el mundo durante los años 80, en plena guerra contra su vecino Irak, cuya superioridad tecnológica los iraníes solo podían contrarrestar con cuerpos humanos) aún más rápido que la política obligatoria de hijo único impuesta por el gobierno chino contra la voluntad de buena parte de su población.

Más noticias sobre Weisman:

Entrevista a Weisman en A vivir que son dos días, de la Cadena SER (12 de abril de 2014)

Alan Weisman: “Si queremos salvar el mundo, no podemos tener más de un hijo (o dos) por pareja” (El Confidencial, 8 de abril de 2014)

Alan Weisman: “Si no reducimos la población, la naturaleza lo hará por nosotros” (El Periódico, 20 de abril de 2014)

Sus libros:

La cuenta atrás

Un pueblo llamado gaviotas

El mundo sin nosotros

Countdown (sitio web del libro en inglés)

Edward O. Wilson, el rey de las hormigas

En este vídeo de la serie Diarios de escritorio, del programa Science Friday, el biólogo Edward O. Wilson, que acaba de publicar en español sus Cartas a un joven científico (Debate, 2014), nos abre las puertas de su despacho en la Universidad de Harvard (donde guarda su miniatura de Charles Darwin, a quien recurre en busca de apoyo moral) y nos lleva a visitar la mayor colección de hormigas del mundo, con alrededor de un millón de especímenes.

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Me llamo Edward O. –una inicial intermedia– Wilson, y algunos me conocen como E. O. Wilson. Los biólogos sabemos que “eo” significa “primitivo”, como el Eoceno. Así que supongo que hay gente que cree que soy el Wilson primitivo. Pero da igual…

Aquí estoy, en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard. Y este es mi escritorio, que está hecho un desastre. Pero dicen que eso es signo de una mente activa.

Cumpliré 83 en junio, pero no me siento mayor porque, solo en el último año, he trabajado en Ecuador, Mozambique y en el país insular de Vanuatu estudiando a las hormigas. Un montón de especies nuevas.

Aunque no lo crean, llegué a las hormigas a los 9 años. Me atrajeron porque eran muy pequeñas, en parte porque solo veo con un ojo. Tuve un accidente de pesca, y me cuesta detectar cosas en la distancia, o mediante paralaje. Pero, una vez que me interesé por las hormigas, ya no pude dejarlo. Porque siempre me ha gustado aprender cosas nuevas. Y, por suerte, esto dio pie a una carrera científica de más de 60 años, estudiando las hormigas.

Conocemos 14.000 especies de hormigas, y yo he estudiado bastantes de ellas. De hecho, he descubierto y les he dado nombre, un nombre en latín, a 450 especies. Esta es la mayor colección del mundo. Tenemos alrededor de un millón de especímenes. Trabajando en un museo como este, descubrir una nueva especie no es nada especial. De hecho, es casi un engorro… Pero ¿es posible hacer ciencia, buena ciencia, sin que tenga sus buenos ratos de tedio?

Cuando estudié la clasificación y la distribución de las hormigas, se me ocurrieron ideas y principios sobre el origen de la condición humana. No creo que esto sea un avance como los de Einstein, ni como los de la mecánica cuántica. Para mí, es de sentido común. Pero he vivido dos episodios durante los que un número importante de colegas –¿cómo decirlo?– se han sentido molestos. El primero fue el de la Sociobiología, que solo decía que los seres humanos poseemos una naturaleza, que tenemos instintos. En los años 70, como pude comprobar, decir algo así no era muy popular entre las ciencias sociales. De hecho, las socias sociales sostenían en general que todo venía determinado por la cultura, la historia y las circunstancias y en entorno en el que las personas crecían. Eso era manifiestamente erróneo, incluso en aquella época.

Pero el segundo episodio es mucho más reciente, y tiene que ver con la selección de parentesco, y con nuevas maneras de explicar el origen del altruismo. En particular, después de una reunión con los dos matemáticos con los que trabajaba, me dirigí a Darwin y le dije: ¿Estás de acuerdo con todo lo que hemos decidido? Eso mejoró mucho nuestra moral.

Schopenhauer lo dijo perfectamente: Toda verdad primero se ridiculiza; luego, se rechaza airadamente; y, finalmente, se acepta diciendo: “Bueno, esto era algo que ya sabíamos desde el principio”. Yo diría que ahora mismo estamos en pleno rechazo airado. Aunque he visto que algunos están pasando a la siguiente fase. Si es así como se resuelve el asunto, por mí estupendo.

Esto es un violín rústico.

Vamos a perder mucha de esta biodiversidad. Es casi inevitable. Pero espero que despertemos pronto.

No creo que yo distinto de ninguna otra persona, es solo que, probablemente, he estudiado la biodiversidad más que la mayoría de la gente. He estado en más sitios del mundo con bosques y floras ricos y fascinantes, y también soy consciente del tremendo valor que un entorno natural y sin corromper tiene para que los humanos entendamos cómo somos, e incluso para nuestro amor propio.

Hace poco visité en la isla de Nueva Caledonia, y estuvimos en el bosque de araucarias, una jungla ancestral, del Jurásico, algo genuino. Y me dije: esto es lo que debemos salvar para el futuro de la humanidad, para nuestro espíritu, para poder maravillarnos de lo que aún existe a nuestro alrededor. Eso va más allá de cualquier cosa que podamos inventar.

También en Por amor a la ciencia: Edward O. Wilson: consejos para jóvenes científicos

Libros de E. O. Wilson en la biblioteca de Por amor a la ciencia:

Cartas a un joven científico (Debate, 2014)

La conquista social de la Tierra (Debate, 2012)

Mireya Mayor, una exploradora nata

Mireya Mayor es primatóloga, especializada en los lemures de Madagascar, y también aparece habitualmente en el canal de televisión de National Geographic, donde comparte su amor por la naturaleza. Pero lo que es más curioso e inesperado es que, en un pasado no muy lejano, Mireya fue también animadora del equipo de los Miami Dolphins de NFL, la liga estadounidense de fútbol americano, algo que ella ve perfectamente compatible con su carrera científica, como explica en este vídeo de la serie “The Secret Life of Scientists and Engineers” [“La vida secreta de los científicos y los ingenieros”]. Cada episodio de la serie muestra cómo es la vida de un científico cuando se quita la bata del laboratorio. (El vídeo está subtitulado en inglés y en español.)

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El universo invisible de la microbiota humana

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La próxima vez que te mires al espejo, piensa en esto: en muchos sentidos, somos más microbios que humanos. Hay diez veces más células de microorganismos (bacterias, virus, hongos) que células humanas en y sobre nuestros cuerpos. En número de genes, la proporción es de cien microbianos por cada uno humano. Los científicos tienen un nombre para todos estos genes microbianos: la microbiota humano.

Esto hará que mucha gente salga disparada a lavarse las manos, pero resulta que la mayoría de estos microorganismos no son nocivos (gérmenes que provocan enfermedades). La mayoría son beneficiosos. Y, sin estos microbios buenos, parece que nuestros cuerpos no funcionan tan bien. Sin ellos, al parecer no estamos tan sanos, y enfermamos con más frecuencia. La pregunta es: ¿de dónde provienen nuestras microbiotas?

Pues, como muchas otras cosas, todo empieza con nuestras madres. Cuando el bebé recorre el canal del parto, queda marcado con los microbios de su madre. Al parecer, estos microbios plantan en el bebé la semilla adecuada que, combinada con las bacterias de la leche materna y otros microbios que recibimos en esos momentos iniciales, va tomando forma en nuestros primeros años de nuestras vidas. Esa combinación de nuestros microbios es muy personal, algo así coom una huella dactical, o quizá un tipo sanguíneo. Nuestros microbios suelen parecerse a los de nuestros padres y hermanos. Y pueden acompañarnos durante buena parte de nuestras vidas.

Pueden hacer todo tipo de cosas, como educar a las células del sistema inmunológico y enseñarles la diferencia entre las cosas que deben combatir –bichos malos que causan enfermedades–y las que no constituyen una amenaza, como nuestros microbios buenos. En la vida adulta, los microbios son nuestra primera línea de defensa, y combaten a los gérmenes que intentan invadir nuestro nuestros cuerpos, protegiendo su territorio al tiempo que protegen nuestra salud. Los científicos han descubierto que incluso son capaces de secretar sus propios antibióticos.

Los tipos de microbios en nuestro cuerpo varían dependiendo de dónde viven exactamente, como los distintos ecosistemas en la naturaleza. Hay lugares húmedos, como la boca, la nariz o las axilas. Lugares grasos, como el cuero cabelludo o la espalda. Y lugares secos, como el antebrazo. Distintas especies de microbios se han adaptado a cada uno de estos hábitats. El mayor y más importante de los cuales se encuentra en el intestino. Es el más complejo y diverso, y todo lo que los microbios hacen en otros lugares del cuerpo: combatir infecciones, acelerar o frenar la respuesta del sistema inmunológico, señalar células… Todo eso sucede a gran escala en el intestino. Incluso parece que contribuyen a regular nuestro metabolismo. Cuánta energía quemamos, cuánta grasa acumulamos. Así que, si por algún motivo no funciona bien (por lo que comemos, o los antibióticos que tomamos), eso puede dar lugar a todo tipo de enfermedades. Enfermedades como cáncer de colon, colitis, e incluso diabetes y obesidad.

Algunos científicos creen que una de las razones por las que muchas enfermedades están aumentando es porque hemos perdido algunos microbios clave en el intestino. Nuestras microbiotas son mucho menos diversos que los de quienes viven en países menos desarrollados, o los de las generaciones anteriores. ¿Recuerdas de dónde procede nuestra microbiota? (De nuestras madres al nacer, y de la leche materna.) Algunos científicos creen que hay demasiados bebés que no lo están recibiendo, porque se realizan demasiadas cesáreas, y cada vez se amamanta menos a los bebés, a lo que se suman todos los antibióticos que damos a los niños y nuestra obsesión con la limpieza.

Todo esto podría explicar por qué son tan comunes problemas como el asma y las alergias. Quizá sea porque la microbiota no le enseña al sistema inmunológico cómo debe funcionar. Puede que ingerir microbios buenos (probióticos) ayude a prevenir algunas enfermedades. Y lo mismo podría suceder con los prebióticos (básicamente, el alimento favorito de los microbios buenos).

Terminamos nuestra historia con un recordatorio. Estos estudios son muy recientes, aún nos queda mucho que aprender sobre la función de muchos de nuestros microbios. Pero los científicos dicen que cada vez está más claro que los minúsculos organismos que hay por todo el cuerpo son cruciales para nuestra salud y felicidad.

Fuente: Gut Bacteria Might Guide The Workings Of Our Minds | National Public Radio

Rosalind Franklin, descubridora del ADN

[Hoy, 16 de abril, se cumplen 55 años de la muerte de Rosalind Franklin, una de las codescubridoras del ADN, a la que la historia no le ha dado el reconocimiento que merece.  Para recordar su figura publicamos extractos del capítulo que María José Casado le dedica en su libro Las damas del laboratorio (Debate, 2006).]

Rosalind Franklin. Fuente: botoblog.com

[Rosalind] decide ir a la universidad para estudiar química, física y matemáticas. Quería ser científica y que su vida girase en torno a la ciencia. Le entusiasmaba el tema, se le daba bien y había escuchado por entonces al joven y brillante Einstein, que daba conferencias proclamando la satisfacción que daba el poner el corazón y la vida al servicio de la ciencia.

Aunque al padre de Rosalind no le gustaba, acabó aceptando la idea de que su hija fuese a la universidad. A los dieciocho años aprobó el examen de ingreso en física y química para entrar en Cambridge y eligió como residencia el Newnham College, uno de los dos colegios mayores para chicas que había. Entre los dos colegios se admitía un cupo de quinientas universitarias, lo que no superaba el 10 por ciento del total. Cambridge era lo mejor de Inglaterra para las matemáticas; allí había trabajado Newton y se había fundado el Laboratorio Cavendish con Maxwell, el físico que unificó las fuerzas eléctricas y el magnetismo.

Es decir, que cada cristal atravesado por el haz de rayos X deja una especie de huella de identidad o retrato, que sólo un experto puede interpretar. Estas manchas revelan cómo es la estructura de la molécula de un cristal y cómo están colocados sus átomos.

Rosalind se involucró sobre todo en las actividades deportivas y científicas que más le interesaban. Entró en los Archomedeans, una sociedad que daba conferencias de matemáticas sobre temas de vanguardia. En una de ellas conoció al profesor William Lawrence Bragg, que obtuvo el Nobel en 1915 junto con su padre, William Bragg, por demostrar que los rayos X permitían descubrir la estructura de los cristales. Así fue como tomó contacto con la cristalografía.

Dice la ley de Bragg que «en un cristal, por su naturaleza, los átomos tienen un orden interno, y cuando los atraviesa un haz de rayos X, estos átomos producen una difracción de los rayos —o sea, que los desvían— en unas direcciones concretas y dejan una impresión en una placa fotográfica en forma de manchas de unas determinadas formas que se pueden interpretar». Es decir, que cada cristal atravesado por el haz de rayos X deja una especie de huella de identidad o retrato, que sólo un experto puede interpretar. Estas manchas revelan cómo es la estructura de la molécula de un cristal y cómo están colocados sus átomos. Esto despertó enormemente el interés de Rosalind, que empezó a familiarizarse con el mundo de la materia extremadamente pequeña y en tres dimensiones […]

Si las nuevas técnicas para descubrir el mundo diminuto y hasta entonces invisible de la materia le fascinan, también lo hace el mundo mínimo de la materia viva, de la biología: la célula, las proteínas —que son los ladrillos de la célula—, las bacterias, los virus… La ciencia vive un momento fascinante en que pretende adentrarse en los misterios de las estructuras íntimas de lo que nos rodea y está buscando las herramientas y los métodos para llegar hasta ellas […]

Los avances de Rosalind en París y la posibilidad de que pudiera aplicar la cristalografía de rayos X a las sustancias biológicas fue el motivo de que en diciembre de 1950 John Randall, director del laboratorio del King’s College, le escribiera una carta en la que le encargaba ocuparse de una unidad de investigación, en la que sólo trabajarían ella y su ayudante, Gosling. Este último había sido hasta entonces el ayudante de Maurice Wilkins, un joven físico neozelandés que había colaborado en el Proyecto Manhattan y después trabajó en el ADN, aunque las imágenes que había obtenido eran bastante confusas. El campo que se brindaba a Rosalind era prometedor y el objetivo, apasionante.

James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin. Fuente: undsci.berkeley.edu

Por entonces algunos científicos consideraban la técnica de difracción de rayos X muy esperanzadora para aplicarla a la materia viva, después de ver su éxito con metales y minerales. Si se había conseguido conocer la estructura molecular de estos últimos, quizá también se podría descubrir cómo era la molécula de ADN, de la que se vislumbraba su gran interés en la herencia. Se sabía que era una molécula larga, muy grande y de estructura difícil de descubrir.

La había identificado en 1864 el bioquímico suizo Friedrich Miescher en los núcleos de las células, por lo que la llamó nucleína. Vio que contenía fósforo, un azúcar, la desoxirribosa, y que era un ácido, por lo que se llamará ácido desoxirribonucleico o ADN […]

Rosalind se instala en el King’s College en enero de 1951, donde monta su laboratorio. Maurice Wilkins estaba entonces de vacaciones, y cuando llega y ve el nuevo laboratorio, ampliamente mejorado, con la nueva investigadora, y que Gosling se ha convertido en ayudante de la recién llegada, no lo acepta y entre ellos surge un enfrentamiento desde el principio. La relación entre Wilkins y Rosalind será mala en el futuro, y al parecer Randall no interviene para deshacer equívocos, si los hubo. Wilkins dirá que no fue informado de los cambios por el director del laboratorio y que Rosalind era su ayudante, aunque fue contratada para resolver los problemas que Wilkins había dejado en punto muerto […]

Watson, doce años más joven que Rosalind, quiere conocer los resultados que han obtenido en el King’s. Saben que Rosalind tiene lo que ellos necesitan, porque ha dado algunas charlas en el King’s College. Wilkins, a espaldas de Rosalind, le enseña a Watson las fotos decisivas que ésta ha obtenido y cuyos resultados aún no ha publicado.

El joven investigador norteamericano James Watson había llegado a Cambridge para trabajar en el ADN en el Laboratorio Cavendish con Francis Crick, un físico y cristalógrafo, a su vez amigo de Wilkins. Watson y Crick no hacían investigación experimental, sino que abordaban el problema de la estructura del ADN basándose en los datos obtenidos por otros científicos y especulando con ellos, tras lo cual habían construido un modelo en tres dimensiones. Pero este modelo no respondía a la realidad, y cuando Rosalind lo ve descubre de inmediato los fallos y los expone. Este fracaso tiene como consecuencia que el jefe del Laboratorio Cavendish, Laurence Bragg, decida que Watson y Crick abandonen sus investigaciones sobre el ADN. Pero éstos no cejan en el empeño.

Watson, doce años más joven que Rosalind, quiere conocer los resultados que han obtenido en el King’s. Saben que Rosalind tiene lo que ellos necesitan, porque ha dado algunas charlas en el King’s College. Wilkins, a espaldas de Rosalind, le enseña a Watson las fotos decisivas que ésta ha obtenido y cuyos resultados aún no ha publicado. Según Watson atribuye a Wilkins, ella no sabía aportar nada positivo a lo que ya se sabía. Y añade que Wilkins vio la foto de la forma B y pudo ver claramente la forma helicoidal, pero que ella se negaba en redondo porque «era antihelicoidal».

Las notas manuscritas que deja Rosalind para sus conferencias no dejan lugar a duda: tenía muy claro lo que significaban las imágenes que había obtenido y sabía interpretarlas; tenía las claves del retrato de la molécula de ADN, incluidas sus medidas.

La realidad parece totalmente diferente, como registra su biógrafa Anne Sayre. Las notas manuscritas que deja Rosalind para sus conferencias no dejan lugar a duda: tenía muy claro lo que significaban las imágenes que había obtenido y sabía interpretarlas; tenía las claves del retrato de la molécula de ADN, incluidas sus medidas. Dicen las anotaciones de Rosalind: «Conclusión. Una gran hélice en muchas de las cadenas, los fosfatos en el exterior, puentes fosfato-fosfato entre las hélices, interrumpidos por moléculas de agua. Hay enlaces disponibles para proteínas» […]

Foto 51 (Rosalind Franklin)
Foto 51. Fuente: espello.blogaliza.org

Watson no es cristalógrafo, pero Crick lo es. Con la Foto 51 ven el cielo abierto, pues tienen en sus manos la evidencia experimental de la estructura del ADN. Con esta prueba consiguen el permiso para construir otro modelo que responda a la nueva información. Lo quieren hacer en pocas semanas, porque —según contará Watson en el libro La doble hélice— en Estados Unidos Linus Pauling, junto con su hijo Paul, están muy interesados en lo mismo y tienen otro modelo de hélice sencilla, con errores muy parecidos a los del Laboratorio Cavendish. Más tarde parece que tal competición no existió más que en la mente de Watson y Crick […]

La fiesta del Pub Eagle

El pub Eagle en Cambridge
El pub Eagle en Cambridge. Fuente: Wikimedia Commons.

Crick deduce de la foto que, al tener la molécula una estructura duplicada, si se desdobla cuenta con dos hélices idénticas y antiparalelas, lo que le hace pensar en la duplicación de la molécula: así tiene dos patrones para duplicar el original. Aquélla era la molécula de la herencia, la plantilla para hacer nuevos seres.

Cuando la molécula se replica las dos hélices se separan, se convierten en dos cadenas sencillas y cada una será el molde para formar una nueva molécula completa de ADN.

Watson y Crick intuyen que esa duplicación sugiere un mecanismo de copias perfectas del material genético. Es su gran día, el que ha pasado a la historia como el de la fiesta del pub Eagle, en que Crick anuncia que tienen en su poder la fórmula de la vida.

Su astucia se pone de relieve una vez más cuando tienen que demostrar a la comunidad científica que sus especulaciones tienen una base experimental; esa base es la investigación de Rosalind, de la que se van a servir de nuevo. En una conversación con el director de la revista científica Nature se pacta cómo se dará a conocer el gran descubrimiento de la estructura del ADN con un protocolo de artículos.

Artículo de Watson y Crick en la revista Nature, 25 de abril de 1953
Artículo de Watson y Crick en la revista Nature, 25 de abril de 1953. Fuente: www.bio.cmu.edu

El 25 de abril de 1953, Nature publica tres artículos con los grandes hallazgos de la biología con el único título de «Estructura molecular de los ácidos nucleicos». El primero, con la gran première, es el de Crick y Watson; el segundo es un artículo de Wilkins y el tercero, el de Rosalind. Este último ya lo tenía escrito semanas antes de la construcción del modelo, y en esta publicación conjunta parece simplemente que ratifica con su experimentación las teorías de los primeros, cuando en realidad era una parte básica del edificio […]

«No era ni tímida ni modesta, pero tampoco era jactanciosa. Expresaba sus opiniones con firmeza. Creo que la gente no estaba acostumbrada a esta actitud en una mujer y esperaba que se mostrase de otra manera, quizá de una forma más sumisa. Era muy racional y esperaba que prevaleciese la razón»

La última etapa de su vida profesional (1953-1958) transcurre en el Birbeck College, junto al investigador Bernal, un extraordinario científico que había estado trabajando tiempo atrás en el virus del mosaico del tabaco (VMT), tema complejo y bastante desconocido, pero de gran trascendencia en la agricultura. Bernal encarga a Rosalind que retome y dirija esta investigación pionera. Las técnicas cristalográficas que domina podían ser muy útiles aquí. Rosalind admira a Bernal por su inteligencia y talento como investigador, aunque no comparta sus ideas de comunista militante. Por otra parte, Bernal no discriminaba a las mujeres, reconocía su talento y a su lado podían trabajar y promocionarse. Rosalind investiga en un caserón resquebrajado por la guerra y lleno de goteras, de las que se protege con un paraguas abierto a modo de escudo. En 1954 aparece un nuevo colaborador, el joven sudafricano Aaron Klug, que será más tarde premio Nobel y presidente de la Royal Society de Londres. Inteligente y con gran personalidad, congenia a la perfección con ella. Observa y aprende cómo prepara las muestras para conseguir una difracción.

Francis Crick, Aaron Klug, Rosalind Franklin
De izqda. a drcha.: Anne Cullis, Francis Crick, Donald Caspar, Aaron Klug, Rosalind Franklin, Odile Crick y John Kendrew en la reunión de la Unión Internacional de Cristalografía celebrada en Madrid en 1956. Fuente: www.sciencedirect.com

Aaron describe así a su jefa: «No era ni tímida ni modesta, pero tampoco era jactanciosa. Expresaba sus opiniones con firmeza. Creo que la gente no estaba acostumbrada a esta actitud en una mujer y esperaba que se mostrase de otra manera, quizá de una forma más sumisa. Era muy racional y esperaba que prevaleciese la razón».

Allí Rosalind logra lo que considera su mayor éxito profesional y lo que más satisfacción le dio. No llega a obtener toda la estructura del virus, que se describirá doce años después de su muerte, pero sí obtiene con su ayudante Kenneth Holmes, los datos clave para saber que el virus tiene una estructura en hélice e incluso determinar los parámetros de esa estructura […]

No pudo saborear del todo el éxito que mereció, porque se lo quitaron en parte y sufrió la invisibilidad de otras muchas científicas; sin embargo, vivió lo suficiente para disfrutar con su trabajo y lograr otros resultados. Contribuyó de forma fundamental a uno de los descubrimientos más importantes del siglo, aunque quizá no llegó a vislumbrar hasta qué punto su contribución iba a ser importante

En julio de 1956, en que cumple treinta y seis años, alterna sus ponencias en Estados Unidos con una excursión al monte Whitney en California. En la ascensión siente fuertes dolores abdominales y, ya en Inglaterra, le diagnostican un cáncer. Rosalind no se derrumba, sino que sigue trabajando con entusiasmo y aceptando conferencias y trabajo de laboratorio a pesar de los dolores y la dificultad de subir los cinco pisos que tiene hasta la habitación donde trabaja. Recibe tratamiento contra la enfermedad y, cuando se agrava, la internan en el hospital oncológico de Marsden. Sabe que no hay solución pero aún confía en poder atender sus compromisos, concretamente su presentación en Leeds.

A propuesta de la Royal Society de Londres, en 1958 Rosalind monta una exhibición en la Exposición Universal de Bruselas, con la estructura del ADN y la de un pequeño virus. Al año siguiente publica su último trabajo, en la Faraday Society, compartido con Aaron Klug, «La estructura del ARN en el virus del mosaico del tabaco y otras ribonucleoproteínas».

Mientras se celebra el congreso que estaba preparando con la esperanza de poder asistir, Rosalind murió el 16 de abril de 1958. Seguramente, su enfermedad tuvo que ver con el hecho de haber trabajado con rayos X, al igual que le ocurrió a Marie Curie por la manipulación de sustancias radiactivas. Watson, Crick y Wilkins consiguieron en 1962 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por su descubrimiento de la estructura del ADN […]

No pudo saborear del todo el éxito que ella mereció, porque se lo quitaron en parte y sufrió la invisibilidad de otras muchas científicas; sin embargo, vivió lo suficiente para disfrutar con su trabajo y lograr otros resultados. Contribuyó de forma fundamental a uno de los descubrimientos más importantes del siglo, aunque quizá no llegó a vislumbrar hasta qué punto su contribución iba a ser importante. Luchadora apasionada, colocó un peldaño básico en el camino hacia los avances médicos y biológicos que hoy vislumbramos.

Watson, Crick y Wilkins consiguieron en 1962 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por su trabajo en el descubrimiento de la estructura del ADN, y aunque el nombre de Rosalind Franklin no se mencionó, ni se reconoció su contribución al descubrimiento de la estructura del ADN, ésta fue al menos comparable a la que tuvieron los galardonados. Aportó la radiografía de esa escalera por la que otros subieron hasta el reconocimiento.

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María José Casado es periodista especializada en temas de divulgación científica. Subdirectora de la revista Muy Interesante, lleva varios años publicando artículos y dando conferencias sobre las mujeres silenciadas en el campo de la ciencia destacando tanto su esfuerzo personal como las dificultades para prosperar en su trabajo científicos. Su libro Las damas del laboratorio, del que se han extraído los fragmentos precedentes, está publicado por la editorial Debate.

El petirrojo cuántico

A Jim Al-Khalili, profesor de física y otro de los grandes divulgadores científicos británicos, le tiene fascinado la posibilidad de que animales tan aparentemente ordinarios como el petirrojo europeo se sirvan de fenómenos como el entrelazamiento cuántico, que a los humanos tanto nos desconciertan y tanto nos cuesta controlar y reproducir, para orientarse en su migración anual a través de Europa. Aquí nos lo explica (subtítulos en inglés y en español):

Jim Al-Khalili en Twitter: @jimalkhalili

The Life Scientific, el programa de Al Khalili en la BBC Radio 4, donde entrevista en profundidad a científicos de diversas disciplinas.