César Hidalgo: El triunfo de la información

El físico chileno César Hidalgo (@cesifoti) es profesor asociado de Media Arts and Sciences en el MIT y dirige el grupo de Aprendizaje Colectivo dentro del famoso Media Lab, donde su trabajo se centra en mejorar la comprensión de los sistemas mediante el uso y el desarrollo de conceptos relacionados con la complejidad, la evolución y el análisis de redes, con el objetivo de ayudar a entender mejor el proceso de evolución de la prosperidad y así contribuir al desarrollo de políticas industriales que puedan ayudar a los países a elevar el nivel de vida de sus ciudadanos.

César Hidalgo, autor de «El triunfo de la información»
César Hidalgo, autor de «El triunfo de la información»

La editorial Debate acaba de publicar en España su libro El triunfo de la información (escrito originalmente en inglés con el título de Why Information Grows), en el que Hidalgo trata de alcanzar una nueva definición del concepto de crecimiento económico que trascienda las ciencias sociales y preste más atención a la ciencia de la información, las redes y la complejidad que ambas suponen. Así lo explica él mismo al comienzo de su libro:

El universo está compuesto de energía, materia e información, pero es esta última la que lo hace interesante. Sin ella, el universo sería una sopa amorfa. Carecería de las formas, las estructuras, los órdenes aperiódicos y las disposiciones fractales que le dotan tanto de su belleza como de su complejidad.

Pero la información escasea. Se oculta en rincones desde donde combate el inexorable avance del universo hacia el desorden: el aumento de la entropía. Este libro trata del crecimiento de la información y de los mecanismos que le permiten crecer a pesar de la entropía. Entre estos se cuentan los procesos naturales que hacen que se origine, así como los mecanismos sociales y económicos que contribuyen a su crecimiento acelerado en la sociedad. Esta obra trata pues del crecimiento de la información —el crecimiento del orden físico— que hace que nuestro planeta sea excepcional, rico y dispar, de los átomos a las economías.

Buena parte del libro se centrará en nuestro planeta y en nuestra especie. El motivo para ello es que, desde una perspectiva cósmica, la Tierra es un lugar especial. Sabemos de muchos lugares en el universo que concentran más materia y energía que nuestro planeta, pero no conocemos ninguno con una mayor concentración de información. Las estrellas de neutrones son tan densas que una cucharada de ellas pesa más que el Empire State. Los agujeros negros son tan masivos que retuercen la geometría del espacio. La energía también es extraordinariamente abundante en los miles de millones de estrellas que iluminan nuestra galaxia, pero no lo es tanto en nuestro planeta. Así pues, lo que hace que la Tierra sea especial no es una singularidad de materia o energía, sino una singularidad de información: ella es a la información lo que un agujero negro es a la materia y una estrella a la energía. Nuestro planeta es el lugar donde la información se concentra, crece y se oculta en un universo que por lo demás es inhóspito.

Pero ¿de dónde proviene la información? ¿Por qué se concentra en nuestro planeta, y cómo la vida favorece su crecimiento? ¿Cuáles son los mecanismos sociales y económicos que facilitan el crecimiento de la información en la sociedad? ¿Por qué nuestra capacidad de acumular información depende de la información que ya hemos acumulado? ¿Y cómo el crecimiento de la información afecta nuestras disparidades económicas y sociales?

En las páginas siguientes aprenderemos qué es la información, de dónde procede y por qué crece. Aprenderemos sobre los mecanismos naturales, sociales y económicos que contribuyen a que la información se rebele contra la entropía. Aprenderemos sobre los mecanismos que ayudan a que la información triunfe en pequeñas batallas, imponiéndose, estoica, en la única verdadera guerra que se libra en el universo: la que enfrenta al orden contra el desorden, la entropía contra la información.

Pero Hidalgo no ha parado ahí: este 2017, publicó online (en inmyshoes.info) los ocho episodios que componen la primera temporada de una especie de reality show sobre su vida tanto personal como profesional como «científico de la complejidad»:

Con In My Shoes, Hidalgo quiere dejar claro que la realidad cotidiana de alguien como él tiene muy poco que ver con la imagen estereotipada que mucha gente tiene de un científico:

Siempre buscando nuevos retos, Hidalgo ya se plantea rodar una segunda temporada usando tecnología de realidad virtual, tal y como cuenta en este episodio del podcast El Método, del periodista español afincado en Nueva York Luis Quevedo:

 

Más información:

El triunfo de la información. La evolución del orden, de los átomos a las economías

Fragmento inicial del libro

Web de César Hidalgo

Web de In My Shoes

César Hidalgo en Wikipedia (en inglés)

Adrián Paenza: Matemática para todos

Adrián Paenza (Buenos Aires, 1949) es doctor en matemáticas, además de uno de los periodistas deportivos más importantes de su país.

Como cuenta en este vídeo, empezó a escribir libros sobre matemáticas hace unos años casi por casualidad, animado por un amigo. Y resultó que, contrariamente a lo que el propio Paenza imaginaba, había mucha gente interesada en lo que contaba: ha vendido más de un millón de libros en Argentina.

Palabras de Adrián Paenza recibiendo el premio Leelavatti

Publicado por Científicos Industria Argentina en Jueves, 21 de agosto de 2014

Pero no solo el público general reconoció su talento: también lo supo apreciar la Unión Matemática Internacional, que en 2014 le otorgó el Premio Leelavati como mejor divulgador matemático del mundo «por su decisiva contribución a cambiar la mentalidad de todo un país sobre la manera en que se perciben las matemáticas en la vida cotidiana, cosa que ha conseguido a través de sus libros, sus programas de televisión, y sus extraordinarios entusiasmo y pasión para comunicar la belleza y la alegría de las matemáticas».

Adrián Paenza - Matemática para todos

En estas fechas aparece en España su tercer libro Matemática para todos (Debate, 2017), tras ¿Pero esto también es matemática? (Debate, 2012) y Matemagia (Debate, 2015). En él, Paenza nos explica para qué sirve realmente la matemática y nos desafía una vez más a pensar con nuevos problemas de lógica, estrategia, probabilidades y «matemágica».

Como, por ejemplo, el enigma que plantea en el vídeo siguiente y cuya solución desvelamos más abajo:

Ver solución

Como las tres edades son números enteros, y el producto es 36, veamos cuáles son todas las posibilidades para las edades de los hijas.

El número 36 puede descomponerse como producto de tres números de varias maneras. Acá está la lista completa:

36 = 1 x 1 x 36
36 = 2 x 2 x 9
36 = 2 x 3 x 6
36 = 1 x 6 x 6
36 = 3 x 3 x 4
36 = 1 x 2 x 18
36 = 1 x 4 x 9
36 = 1 x 3 x 12

Es decir, hay ocho posibles combinaciones de edades entre las tres niñas. Ahora bien: en un momento de la charla, la señora le dice al censista que “aunque le diga la suma de las edades usted tampoco podría deducirlo”. Calculemos entonces las sumas de las ocho combinaciones que escribí:

1 + 1 + 36 = 38
2 + 2 + 9 = 13
2 + 3 + 6 = 11
1 + 6 + 6 = 13
3 + 3 + 4 = 10
1 + 2 + 18 = 21
1 + 4 + 9 = 14
1 + 3 + 12 = 16

Como se ve en esta lista, hay solamente dos sumas que se repiten, y son las ternas de números que suman 13.

O sea, cuando la señora le dice al “señor del censo” que aunque le dijera la suma de las edades él no podría deducirlo, le está dando un dato extra. Por ejemplo, si ella le dijera que la suma es 38, el censista ya sabría que las edades son (1, 1, 36). O si le dijera que la suma es 11, las edades serían (2, 3, 6). Por lo tanto, las únicas dos ternas en las que la suma es igual o se repiten son: (2, 2, 9) y (1, 6, 6).

Ya sabemos, entonces, que tiene que ser alguna de las dos ternas. Sí, pero ¿cuál?

Y acá es donde apelamos a un dato que pareciera irrelevante cuando la señora lo dijo (¿quiere volver para atrás usted y releer cada frase?). Cuando la mujer dice que a Elena, la hija mayor, le gustan los canarios, quiere decir que hay una hija mayor. O sea, hay una de las tres hermanas que es la mayor de todas.

Si uno revisa las dos ternas, de las dos, la única que tiene esa propiedad es la terna (2, 2, 9) (Elena tiene 9 años entonces). La otra terna (1, 6, 6), no tiene una “hija mayor”.

Eso termina por resolver el problema. Lo que parecía inocente (una vez más, parece inocente, porque es inocente) y que le faltaban datos, sin embargo, termina siendo accesible y resoluble.

Sean Carroll intenta explicar qué pasó en «Juego de tronos»

[AVISO: Este artículo destripa parte del quinto episodio de la sexta temporada de Juego de tronos, titulado El portón (The Door).]

El final del último episodio de la serie de la cadena HBO Juego de tronos dejó a muchos de sus espectadores tan desconcertados que la gente de la web TechInsider recurrió a Sean Carroll, físico teórico en Caltech y autor, entre otros, de Desde la eternidad hasta hoy. En busca de la teoría definitiva del tiempo, para que le aclarase qué era lo que había pasado.

Sean Carroll, junto a la portada de «Desde la eternidad hasta hoy»

Esto es lo que les contó Carroll (traducción del artículo original de TechInsider):

En el episodio de Juego de tronos emitido en Estados Unidos el 22 de mayo de 2016, por fin conocimos, a través de una visión warg de Bran Stark el desgarrador origen de las limitaciones de Hodor con el lenguaje.

También se nos hizo pedazos el cerebro ante ese retorcida situación con viajes en el tiempo de por medio: Bran se encontraba físicamente en el presente pero viajó al pasado mientras controlaba a Hodor tanto en el presente como en el pasado, lo que hizo que el Hoder del pasado se convirtiese en el Hodor del presente.

Para ayudarnos a recomponer nuestra maltrecha mente —y entender qué diablos sucedió con Bran y Hodor en ese árbol— TechInsider habló con Sean Carroll, físico teórico en Caltech especializado en el estudio del tiempo.

«Bran está en dos lugares al mismo tiempo; o, mejor dicho, en dos tiempos al mismo tiempo», nos dijo Carroll.

Juego de viajes en el tiempo

Bran Stark sorprendido | Por amor a la ciencia
HBO

Desde la raíz del árbol del cuervo de tres ojos, Bran observa la Invernalia de varias décadas atrás, y allí ve a un Hodor preadolescente al que aún se le conoce como Wylis.

Pero cuando, en el presente, una horda de espectros liderada por los caminantes blancos se abalanza sobre su escondite, los poderes de Bran crean un puente entre los dos momentos en el tiempo.

«Él está en el pasado con el joven Hodor, y de alguna manera se establece una conexión entre el joven Hodor y el Hodor del momento presente —explica Carroll—. No se sabe cómo, el miedo a que los zombies los atrapeny la tensión de la huida se le transmiten al joven Hodor, que sufre un ataque.»

Guau. Hodor, Hodor.

«El joven Hodor está teniendo la sensación de estar sosteniendo el portón, y eso le está provocando un ataque, tras el cual solo puede decir “Hodor”» —continúa Carroll—. Pasa más tarde al servicio de los Stark, y después se convierte en la misma persona que envía esa sensación mental a su yo más joven.»

Entonces, ¿alteró Bran el curso de la historia en Poniente?

«En pocas palabras: no alteró el pasado, sino que afectó al pasado —precisa Carroll—. Solo hay un pasado, y solo un Hodor que sufrió ese ataque.»

Una manera aún más breve de resumirlo, que además nos complace mucho escribir, es esta: Este episodio también dejó confuso a un físico teórico que estudia el tiempo. «Es una locura total y absoluta», concluye Carroll.

Por suerte, dedicó un rato a explicarse con más detalle.

No hay ninguna paradoja

Wylis/Hodor en pleno ataque | Por amor a la ciencia
Helen Sloan/HBO

Los viajes en el tiempo chocan con ciertas nociones muy básicas que los humanos tenemos sobre el tiempo y el lugar que nosotros ocupamos en él; a saber, los conceptos de causa y efecto.

«Curiosamente, una vez que se permiten los viajes en el tiempo en nuestro universo, en lugar de decir que todo lo que sucede tiene un origen —explica Carroll—, lo que pedimos es que todo sea coherente, y que todo es en realidad información que circula por el tiempo sin un origen.»

Esto es lo que se conoce como un bucle causal consistente. Alguien de un momento temporal posterior regresa para alterar eventos del pasado, pero esto es coherente con cómo se desarrollan los eventos posteriores, que dan lugar a ese futuro desde el que los viajeros temporales vuelven al pasado.

Comparemos esto con un bucle causal inconsistente como el de Regreso al futuro [Back to the Future]. Las acciones de Marty y Doc en el pasado cambian el curso de la historia y provocan alteraciones a través del tiempo en una fotografía familiar. A diferencia de un bucle consistente, esto —junto a la idea clásica de «convertirnos en nuestros propios antepasados»— sí que es una paradoja debida a los viajes en el tiempo.

Helen Sloan/HBO
Helen Sloan/HBO

¿Y qué nos dice el puente que crea Bran entre los dos instantes sobre el libre albedrío? Como vimos en este episodio reciente, Hodor no tenía ninguna alternativa. Pero ¿y Bran, cuyas acciones condujeron a la alteración de la secuencia temporal?

«[Bran] posee libre albedrío en el sentido de que, si no sabe lo que va a suceder, tiene posibilidad de elegir —explica Carrol—. Pero, una vez que ha sucedido, nadie tiene libre albedrío.»

Dicho de otro modo, Bran tenía posibilidad de elegir hasta que eligió.

«Desde el punto de vista de un físico, uno posee libre albedrío en la medida en que puede decidir entre distintas opciones —añade Carroll—. Pero, en el sentido de que dichas decisiones deben ser coherentes, no lo tiene.»

Así pues, por muy desgarrador que sea de ver, Wylis siempre iba a acabar siendo Hodor. Sin desearlo, sacrificó tanto su mente cuando era niño como su cuerpo de adulto para salvar a Bran. Todo ello porque Bran Stark, al jugar con el tiempo, decidió poner en marcha ese bucle temporal que cancelaba cualquier otra posibilidad.

FuenteWe needed a theoretical physicist to explain this mind-boggling moment in ‘Game of Thrones’ | TechInsider

Más informaciónDesde la eternidad hasta hoy. En busca de la teoría definitiva del tiempo de Sean Carroll

Mariano Sigman: La vida secreta de la mente

El argentino Mariano Sigman (@mariuchu) obtuvo su doctorado en neurociencia en Nueva York y fue investigador en París antes de volver a su país natal. Actualmente, Sigman es uno de los directores del Human Brain Project, el mayor esfuerzo más vasto del mundo por entender y emular el cerebro humano, así como un referente internacional en neurociencia de las decisiones, en neurociencia y educación, y en neurociencia de la comunicación humana.

Sigman ha trabajado con magos, cocineros, ajedrecistas, músicos y artistas plásticos para relacionar la neurociencia con distintos aspectos de la cultura humana y, tras su gran éxito en Argentina, acaba de publicar en España La vida secreta de la mente (Debate, 2016), un libro escrito desde «allá donde la psicología se encuentra con la neurociencia», y en el que nos lleva en «un viaje a lo más íntimo del pensamiento humano. Ciencia aplicada a la vida cotidiana para entender(nos) mejor».

Mariano Sigman: La vida secreta de la mente | Por amor a la ciencia

El recorrido del libro (cuyas primeras páginas se pueden leer aquí) se inicia en «el país de la niñez», y allí Sigman nos descubre que el cerebro ya está preparado para el lenguaje mucho antes de empezar a hablar, que el bilingüismo ayuda a pensar y que formamos nociones de lo bueno, lo justo, la cooperación y la competencia que luego hacen mella en nuestra manera de relacionarnos. Estas intuiciones del pensamiento dejan trazas duraderas en nuestra manera de razonar y decidir.

Desde allí nos trasladamos al terreno de las decisiones: ¿qué estamos dispuestos a hacer y qué no? ¿Cómo se combinan la razón y las emociones en las decisiones sociales y afectivas? ¿Qué hace que confiemos en los otros y en nosotros mismos? Sigman nos explica que pequeñas diferencias en los circuitos cerebrales de toma de decisiones pueden cambiar drásticamente nuestra manera de decidir, desde las decisiones más simples hasta las más profundas y sofisticadas que nos definen como seres sociales.

Seguimos nuestro trayecto adentrándonos en el territorio más misterioso del pensamiento y el cerebro humano: la conciencia, a través de un encuentro inédito entre Freud y la neurociencia de vanguardia que nos lleva a plantearnos qué es y cómo nos gobierna el inconsciente.

El viaje concluye en el mundo del aprendizaje en diferentes ámbitos, desde la vida cotidiana hasta la educación formal. ¿Es cierto que estudiar un nuevo idioma es mucho más difícil para un adulto que para un niño? ¿Qué importancia tiene el esfuerzo para conseguir que el cerebro aprenda? ¿Cómo podemos aplicar de forma responsable todo lo que la neurociencia sabe para «mejorar el experimento colectivo más vasto de la historia de la humanidad: la escuela»?

Para presentar su libro, Sigman visitó Madrid, donde participó en el encuentro titulado ¿Podremos transformar nuestras emociones?, en el que también intervinieron Nuria Oliver (@nuriaoliver), experta en inteligencia artificial y directora científica en Telefónica I+D, y el periodista y publicista estadounidense Kevin Randall (@KevinBrandall). Aquí puede verse el vídeo del evento, que pone de manifiesto las dotes de Sigman para una divulgación al tiempo amena y rigurosa:

También pasó por la radio. En la entrevista en el programa A vivir de la Cadena SER,), dejó, entre otras muchas, reflexiones sobre el optimismo:

«Lo que nos permite de alguna manera avanzar, ser optimistas, ser decididos y no quedarnos quietos es que olvidamos selectivamente algunos fracasos. La receta para ser optimista no es tanto tener una perspectiva idónea del futuro, sino tener una suerte de ceguera de aquellas cosas que han sido malas del pasado.»

Más información:

Mariano Sigman: «El bilingüismo es beneficioso para el cerebro del menor» | El Periódico

Un neurocientífico explica por qué en breve no habrá ciegos y todos seremos veganos | El Confidencial

Mariano Sigman: Los misterios de la mente | A vivir (Cadena SER)

La intuición | InquietaMENTE (RNE)

Mariano Sigman: “Las grandes decisiones de la vida conviene delegarlas al inconsciente” | RTVE

Mariano Sigman: “La ciencia ya puede leer lo que uno piensa” | Clarín

¿Podremos transformar nuestras emociones? | Espacio Fundación Telefónica

La vida secreta de la mente de Mariano Sigman,

Jaron Lanier: Compartir la riqueza digital

George Dyson, autor de La catedral de Turing: Los orígenes del universo digital, presenta aquí un pasaje extraído de ¿Quién controla el futuro?, de Jaron Lanier, en el que el autor defiende una distribución más equitativa de la riqueza que se crea en internet.

Las revoluciones siempre encuentran la manera de decepcionar a sus impulsores. Basta con preguntarle a Marx. La revolución digital no es una excepción, y Jaron Lanier está aquí para recordárnoslo. Internet, tras su promesa inicial de descentralizarlo todo, ha hecho posible la mayor consolidación de riqueza, poder y territorio desde el imperio mongol.

Apple, Amazon, Facebook, and Google —los cuatro «servidores sirena» del apocalipsis— se están repartiendo el mundo entre ellos, y al resto no nos dejan más que las migajas. Apple, tras exhortarnos a «pensar diferente», está construyendo un futuro en el que todos tendremos que pensar de la misma manera. Amazon no es únicamente el centro comercial que acabará con todos los centros comerciales, sino también la tienda de la esquina que acabará con todas las demás tienditas. Facebook monetiza sin escrúpulos el grafo social. Google  registra y vende todos y cada uno de nuestros movimientos.

Esto parece deprimente, pero la cosa es aún peor. Lanier argumenta que la economía digital amenaza con matar a la gallina de los huevos de oro: nosotros mismos. Imbuido del poder de internet, el ordenador personal, que en otra época fue una máquina para las masas, ha comenzado a eviscerar a la clase media.

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Y ahora la buena noticia. Lanier también ofrece varias prescripciones, y los advenedizos que las sigan bien podrían imponerse a los dinosaurios que no lo hagan. Su consejo es sencillo: no basta con recaudar tributos (en forma de datos monetizables y creatividad individual) de los siervos que se afanan en lo más bajo de la economía digital, sino que hay que devolverles una parte de lo extraído. Lanier no se refiere únicamente al pago del impuesto de sociedades (el escándalo de Apple estalló tras la publicación del libro), sino que también incluye, por ejemplo, aplicar la misma maestría con los algoritmos que le permite a Google subastar palabras individuales con propósitos publicitarios para recompensar a los autores concretos que las escriben.

«Los autómatas se utilizaban principalmente con fines publicitarios», advertía Samuel Butler en sus notas para Erewhon Revisited, el retorno a la distopía tecnología que imaginó por primera vez en 1872. Nos avisaron entonces y nos vuelven a avisar ahora. Es mucho lo que nos jugamos, y su importancia no hace más que aumentar.

George Dyson

Extracto del capítulo 22 de ¿Quién controla el futuro?, de Jaron Lanier.

El panorama laboral en el mundo físico está cada vez más «vaciado». Cada vez es más habitual que la gente se gane la vida con trabajos sin porvenir, en el extremo inferior, o en trabajos de élite, en el superior.

En mi opinión, esto significa que la economía está obsoleta y debe ser reformada para estar a la altura del progreso tecnológico. Pero otros interpretan que son las personas las que están quedando obsoletas.

Como ya comenté antes, oigo este exasperante comentario muy a menudo: «Si hay muchas personas normales que ganan poco dinero en los mercados actuales, es porque tienen poco valor que ofrecer. No podemos intervenir para crear el espejismo de que son valiosas. Les corresponde a ellas demostrar que lo son.»

Vale, estoy de acuerdo. No abogo por crear falsos puestos de trabajo para generar la ilusión de que la gente tiene empleo. Eso sería degradante y toda una incitación al fraude y a la corrupción.

Pero es de lo más habitual que las compañías basadas en la red amasen enormes cantidades de dinero precisamente a base de darle valor a lo que las personas normales hacen online. El mercado no está diciendo que las personas normales no tengan ningún valor online; lo que sucede más bien es que se las ha excluido de su propio valor comercial.

Las propuestas en favor de una economía de la información humanista son recibidas muchas veces con una sonrisa de desdén. ¿Cómo podrían las personas normales, corrientes y molientes, tener algo que ofrecer en un mundo dominado por una élite tecnológica y por máquinas avanzadas?

Esta reacción es comprensible, ya que estamos acostumbrados a ver cómo languidecen las personas subempleadas. Pero hay ocasiones en las que estas dudas sobre el valor de los demás son muestra de unos prejuicios ofensivos.

Por ejemplo, en una situación en la que los inversores muestran una firme confianza a la hora de valorar en decenas de miles millones de dólares a un servidor sirena que acumula datos sobre personas, por muy remota que sea la posibilidad de que pueda llevar a la práctica un plan de negocio que proporcione unos beneficios proporcionales a la valoración. Y, al mismo tiempo, esos inversores son incapaces de imaginar que las personas, que son la fuente exclusiva de eso que les parece tan valioso, puedan tener algún valor.

Jaron Lanier: ¿Quién controla el futuro? | Por amor a la ciencia

Además, están los expertos que se lanzan sobre cualquiera que señale los disparates de lo que sucede últimamente en Silicon Valley. Si alguien se queja de que todos esos brillantes recién licenciados quizá podrían dedicarse a algo más sustancial que buscar nuevas maneras de colocar enlaces patrocinados ante los ojos de las personas, podemos esperar como respuesta un rigurosa defensa del valor no monetario que crea la computación en la nube actual. Por ejemplo, Twitter aún no ha encontrado el modo de ganar mucho dinero, pero se le defiende con argumentos como este: «¡Hay que tener en cuenta todo el valor informal que está generando al hacer que la gente conecte mejor entre sí!»

Sí, fijémonos en todo ese valor. Es real, y si queremos que la economía basada en la información crezca, ese valor debería formar parte de nuestra economía. ¿Por qué de pronto es beneficioso para el capitalismo que una parte cada vez más importante del valor total no quede reflejada en la contabilidad?

¿Por qué debe darse la situación de que, desde la perspectiva del servidor sirena, el hecho de saber lo que hacen las personas normales es extraordinariamente valioso, mientras que, desde un punto de vista personal, esos mismísimos datos normalmente solo permiten obtener unas míseras migajas, en forma de sofás donde pasar la noche o efímeros subidones de ego?

O, por decirlo de otra manera, una vez que sectores como los del transporte, la energía y la sanidad empiecen a estar mediados por el software, ¿no deberían las industrias de la comunicación y el entretenimiento ganar mayor importancia relativa en la economía, haciéndose con una parte más grande del pastel? Pero son precisamente estas industrias las que hasta ahora el software ha contribuido a socavar.

Cada vez que un determinado tipo de tarea es susceptible de ser automatizada, ganan visibilidad otras que no pueden serlo. Desde un punto de vista económico, la cuestión es quién paga por lo que hacen las personas normales más allá del horizonte de automatización en determinada fase histórica.

Siempre que se les pague por su labor a quienes realizan las tareas que no se pueden automatizar, sobrevivirá una economía humana íntegra. Pero, si quienes reciben ese dinero son quienes gestionan los ordenadores más potentes de la red, esa economía dejará de ser íntegra.

Así las cosas, en una economía de la información humanista y una vez que el software en la nube, combinado con los robots y otros dispositivos, pudiese satisfacer la mayoría de las necesidades y deseos vitales, ¿obtendrían las personas el suficiente valor unas de otras como para ganarse la vida? O, por decirlo de una manera más directa: «A largo plazo, ¿residirá el suficiente valor en las personas normales como para justificar la existencia de una economía?»

Para poder encontrar una respuesta, debemos partir de ideas ya familiares sobre lo que las personas pueden hacer por los servidores sirena, y modificar ligeramente la cuestión para centrarnos en lo que las personas pueden hacer en su propio beneficio y en el de los demás. Hay al menos dos respuestas evidentes.

La primera es que las personas muestran un interés infinito en lo que otras personas expresan online. Cantidades enormes de personas encuentran público para sus tuits, blogs, publicaciones en redes sociales, modificaciones de artículos en Wikipedia, vídeos en YouTube, fotografías, colecciones de imágenes o divagaciones, así como para reacciones y remezclas de segundo orden de todo lo anterior. ¿Es realmente tan osado predecir que, en el futuro próximo, una gran cantidad de personas seguirá ofreciendo este valor online, siempre que este se registre de forma completa e íntegra?

Llegado este punto, alguien diría que toda esta actividad es insustancial, que no es la base de una economía. Pero, una vez más: ¿por qué es insustancial cuando beneficia a las personas que la realizan, pero tiene un valor real cuando el beneficiario es un remoto servidor sirena?

La economía no gira alrededor de nuestras propias preferencias sino que, una vez que conseguimos elevarnos por encima de las necesidades básicas y alcanzar un estatus de clase media, lo hace alrededor de las preferencias de los demás, tanto si nos gusta como si no.

Es difícil decir qué proporción de la economía actual está basada en la preferencia y no en la necesidad, ya que, como señaló Abraham Maslow, la línea divisoria entre ambas se desplaza con el tiempo. Como mínimo, no solo la industria del entretenimiento, sino sectores enormes, como la cosmética, los deportes y el ocio, el turismo, el diseño, la moda, la hostelería y la restauración, las aficiones, la cosmética, la cirugía plástica y la mayoría de actividades propias de los geeks deberían contabilizarse como «preferencias» que se han convertido en necesidades, en lo que al comercio se refiere.

Todos estos sectores, tanto si se interpreta que satisfacen deseos o necesidades, seguirían siendo monetizables en un contexto de computación humanista, por mucho que avance la tecnología. Cuando en nuestros hogares existan robots capaces de construir otros robots que produzcan prendas de ropa a partir de diseños encontrados online, el negocio de la moda podría acabar desmonetizado, dependiendo de si la contabilidad del valor es completa o no. En una economía de la información humanista, la contabilidad será completa, las personas seguirán pudiendo ganarse la vida como diseñadores, fotógrafos o modelo, y alcanzarán así la dignidad.

En una economía humanista digital, la economía estará más integrada en el entorno, y los diseñadores seguirán ganándose la vida, aunque sea un robot casero el que cosa las prendas. Y quien las lleve también podría ganar algo de dinero sin buscarlo por el hecho de popularizarlas.

También es de esperar que en el futuro surjan continuamente nuevos deseos y necesidades. ¿Quién sabe cuáles serán? Además de recetas que serán preparadas por glándulas artificiales, también podrían descubrirse modificaciones genéticas que harían más confortables los viajes espaciales, o patrones neuronales que despertarían capacidades especiales latentes en nuestro cerebro, como una mejor aptitud para las matemáticas.

Suceda lo que suceda, si su control se puede transmitir a través de una red en forma de información, habrá que tomar la decisión de si queremos monetizar dicha información o no. Incluso en el caso de que el dinero como concepto quede obsoleto, aún habrá que tomar la decisión sobre si la capacidad de influencia estará centralizada o bien distribuida más cerca de las personas que son la fuente del valor.

Si la respuesta a los deseos o necesidades acaba siendo desmonetizada, salvo para el servidor sirena central que todo lo ve, entonces el progreso de la tecnología digital provocará la parálisis tanto del capitalismo como de la democracia.

Fuente: Share the Digital Wealth | strategy+business

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Sean Carroll: ¿Qué es la masa?

Sean Carroll es físico teórico en Caltech y autor de La partícula al final del universo y Desde la eternidad hasta hoy. En este vídeo del canal de YouTube Veritasium, Carroll explica cuáles son los tipos de masa que existen, qué tienen que ver con la teoría de la relatividad de Einstein, qué relación existe entre masa y energía y por qué la expresión «masa relativista» debería estar prohibida.

Transcripción

La palabra «masa» se utiliza en distintos contextos. Esto es algo que ocurre con mucha frecuencia en física porque inventamos un nombre para algo antes de comprenderlo por completo.

La única razón por la que necesitamos la expresión «masa en reposo» es por Einstein, quien señaló que existen otros tipos de masa.

Einstein afirma que, lo que queremos decir al usar la expresión «masa en reposo», es cuánta energía posee un objeto que no se mueve. Ese es el contenido de E = mc².

No es que la energía total, pase lo que pase, sea igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, sino que la masa en reposo es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Eso es lo que la masa significa. Es la energía que algo posee cuando está en reposo.

¿Cómo se sabe cuánta energía posee? Empujamos el objeto, ejercemos una fuerza sobre él, vemos cuán rápido se acelera, y dividimos esa fuerza por la aceleración para obtener la masa del objeto. Cuanto más pesado es algo, mayor es el valor de este término, y menor es la aceleración para una fuerza dada.

[Pregunta: Bien, ¿y cómo explica esta masa el mecanismo de Higgs?]

La discusión del Higgs es algo muy diferente, porque esto es la idea de qué es la masa; mientras que el Higgs ayuda a entender el origen de la masa de las partículas elementales.

Hay que recorrer una historia larga y complicada para responder a la pregunta de por qué hay que explicar de dónde viene la masa y no basta con decir que las cosas tienen masa.

La idea es que el intento de Weinberg de crear una teoría de las interacciones débiles, sin el bosón de Higgs, sin este bosón que ocupa todo el espacio, habría predicho que el electrón no tenía masa, que debería tener una masa exactamente nula, porque las partículas que giran en una dirección actuaban de manera distinta a las que lo hacían en la otra dirección.

Daremos una explicación de 30 segundos de por qué esto tiene sentido.

La idea es que Einstein afirma que, si la masa es nula, el objeto se mueve a la velocidad de la luz. Y viceversa: si algo se mueve a la velocidad de la luz, su masa es cero.

Si algo se mueve a la velocidad de la luz, podemos responder a la pregunta: ¿cuál es su rotación en la dirección del movimiento? Y la respuesta es definitiva Hay una respuesta en la que todo el mundo está de acuerdo.

Si el objeto va más lento que la velocidad de la luz, entonces podemos tener una rotación en la dirección del movimiento, pero alguien que se mueva más rápido verá que el objeto se mueve en la otra dirección. No hay una respuesta única a la pregunta ¿cuál es la rotación en la dirección del movimiento?

La teoría de Weinberg solo funcionaba si era única la respuesta a la pregunta de: ¿cuál es la rotación en la dirección del movimiento? Porque, si el objeto rota en una dirección, interactúa con las interacciones débiles, mientras que si lo hace en la otra dirección no interactúa.

Por lo tanto, su teoría predecía que debía existir una manera de determinar cuál es la rotación de un objeto en función de su movimiento. Lo cual solo es posible si el objeto se mueve a la velocidad de la luz. Solo es posible si el objeto tiene masa nula.

Sean Carroll - La partícula al final del universo: Del bosón de Higgs al umbral de un nuevo mundo | Por amor a la ciencia

El Higgs aparece y permite encontrar la manera de ralentizar estas partículas. Sin el Higgs, se mueven a la velocidad de la luz. El electrón, los quarks, los neutrinos, todos se moverían a la velocidad de la luz. Pero el bosón de Higgs que llena todo el espacio rompe esa simetría. Por eso vemos partículas que se mueven más despacio que la velocidad de la luz. El bosón de Higgs les da masa y permite que la idea de Weinberg encaje con el mundo real.

En la manera moderna de entender las cosas, la definición de masa es, simplemente, la cantidad de energía que un objeto posee cuando está en reposo. La masa no es una propiedad intrínseca, no es una sustancia que va de un sitio a otro, es una medida de cuál es la energía…

[P: Pero la pregunta es: ¿por qué esa energía hace que cueste más acelerar las cosas?]

Existen distintos tipos de energía. La masa es uno de estos tipos. También está la energía cinética, la potencial, etcétera.

Así pues, cuando aceleramos un objeto, lo que estamos haciendo es convertir un tipo de energía en otro. Si tenemos un objeto pesado y lo aceleramos, tendrá más energía, una vez acelerado.

La masa nos dice cuánto trabajo necesitamos hacer para que algo se mueva a una determinada velocidad.

[P: ¿Y qué hay de la masa relativista?]

«Masa relativista» es una expresión que debería prohibirse en el vocabulario de todo el mundo.

De nuevo, si asumimos la filosofía einsteiniana la masa es una versión de la energía, es la cantidad de energía de un objeto cuando no se mueve.

También podemos preguntarnos cuánta energía posee el objeto cuando se mueve. Y a eso deberíamos llamarlo simplemente «la energía», pero alguna gente, especialmente en épocas pasadas y peores, lo llama «masa relativista», y dice que la masa aumenta a medida que una partícula o un objeto se mueve a una velocidad cada vez más próxima a la de la luz.

Pero, si la definición de masa es la cantidad de energía de un objeto en reposo, eso no cambia por muy rápido que el objeto se mueva. Creo que esta es una manera mucho más sencilla conceptualmente de entender las cosas.

La masa gravitatoria es realmente distinta, y es un concepto muy útil.

Si volvemos a la manera de Newton de entender la física, y decimos que la masa es la fuerza dividida entre la aceleración, esto es lo que llamaríamos «masa inercial». Es la respuesta a la pregunta: ¿cuánta fuerza se necesita para acelerar un objeto?

Luego hay otra cosa completamente diferente, que es: ¿cuánta gravedad produce un objeto? o ¿cómo responde un objeto a un campo gravitatorio? En principio, este es un número arbitrario.

Si pensamos en la fuerza electromagnética, una partícula responde a un campo eléctrico en función de lo que llamamos su carga eléctrica. Algunas partículas tienen carga positiva; otras, negativa; algunas tienen una gran carga; otras, pequeña… La carga es el equivalente eléctrico de la masa gravitatoria.

Es lo que dice ¿en qué medida responde un objeto a esta fuerza? Resulta que la «carga gravitatoria», la cantidad de campo gravitatorio que crea un objeto, es igual a su masa inercial (lo cual, desde el punto de vista de Newton, es algo puramente casual).

Así pues, decimos que la masa gravitatoria —que es una expresión mejorable—, que la carga gravitatoria de un objeto, viene dada por su masa, por su masa inercial. Y esta peculiaridad, para Newton, no era más que una casualidad. Era difícil entender por qué esto era así.

Einstein, tras inventar la relatividad especial, y afirmar que E = mc², dedica diez años a inventar la relatividad general, su teoría de la gravedad.

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Finalmente, una vez que entendemos la relatividad general, que afirma que la gravedad es la curvatura del espacio-tiempo, creemos que entendemos por qué coinciden la masa gravitatoria y la inercial. Básicamente, son dos versiones distintas de la energía que un objeto posee.

Y la energía, la masa, el momento… todas esas cosas influyen en el campo gravitatorio que un objeto genera.

Se nos plantean dos preguntas. La primera es: ¿cuánto cuesta empujar algo? Y la segunda: ¿cuánto campo gravitatorio genera un objeto? En relatividad general es evidente —una vez que uno entiende la relatividad general— que las respuestas a ambas preguntas son la misma cosa. Que la masa gravitatoria y la masa inercial son iguales.

Alguien que se mueve rápido respecto a mí lo hace despacio respecto a otra persona. La manera en que curva el espacio-tiempo debe ser la misma.

La excepción a lo anterior es cuando tenemos dos objetos que forman parte de un objeto más grande. Si tenemos un objeto que crea un campo gravitatorio y a su vez está compuesto por dos objetos estacionarios, eso crearía un campo gravitatorio distinto que si ese objeto estuviese formado por dos objetos en movimiento el uno respecto al otro.

Supongamos que tenemos una mancuerna que no está rotando. En relatividad general existe una diferencia entre que rote y que no. No hay diferencia entre que se mueva y que no, porque eso depende del sistema de referencia, pero sí la hay entre que rote y que no lo haga.

Si hacemos que la mancuerna empiece a rotar, ahora posee más energía, desde el punto de vista de cualquier observador. Y su campo gravitatorio será mayor.

Según Einstein, la Tierra, por el hecho de estar rotando, posee un campo gravitatorio ligeramente mayor del que tendría si no rotase. Es un efecto extraordinariamente pequeño, que es completamente imposible medir, porque la Tierra rota a una velocidad muy inferior la de la luz. Pero existe, y la teoría lo predice.

Y en el caso de otros objetos, como estrellas de neutrones y agujeros negros, sería muy evidente.

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